Reseña «Casos Pendientes: Más Allá de la Muerte»

Vuelvo a la rutina después de las fiestas navideñas, con el regusto persistente del turrón y cierta saturación de roscones que aún se deja notar. Regreso, eso sí, con el ánimo intacto y las ganas renovadas de seguir reseñando libros: los que voy encontrando por mi cuenta y los muchos —muchísimos— que me recomienda Verónica. Algunos acaban en mis manos gracias a sus préstamos generosos; otros llegan por vías más digitales, a través de uno de mis últimos hallazgos como lectora: Kindle y su acceso casi inagotable mediante ofertas más que tentadoras.

Todavía sonrío al recordar el día en que me habló de «Casos Pendientes: Más Allá de la Muerte»:

—¿Te he contado que el prólogo de este libro lo he escrito yo? —me dijo.

Marian Romero, su autora, se lo pidió después de hablarle de las similitudes que compartía con la protagonista, aunque ninguna de las dos sospechaba hasta qué punto coincidían: el nombre, la titulación, el pelo… incluso el marido. Demasiadas casualidades como para no sentir, desde la primera página, que aquella historia tenía algo de inevitable.

—Cómo me hubiese gustado presentarlo, volver a esos espacios que me dan la vida… pero no pudo ser, por más que lo desease —suspiró, apretando la tablet contra el pecho.

No le pregunté los motivos. No quise indagar. Hay silencios que se respetan, igual que ocurre en la novela, donde lo no dicho pesa tanto como las palabras. Y quizá por eso «Casos Pendientes: Más Allá de la Muerte» funciona tan bien: porque entiende que no todo misterio necesita ser explicado con precisión quirúrgica. Algunos se intuyen, se sienten, se arrastran.

Con ese punto de curiosidad —y de ligera desconfianza— comencé la lectura. Porque cuando alguien cercano te habla de un libro casi como si fuera un reflejo de sí misma, la expectativa se vuelve inevitable. «Casos Pendientes: Más Allá de la Muerte» se abre como una puerta a medio cerrar: deja pasar la intriga, pero también una atmósfera densa, casi intangible, donde lo racional y lo inexplicable conviven sin estorbarse.

La novela avanza entre investigaciones que no persiguen únicamente respuestas, sino también una forma de descanso, casi de redención. Nos sumerge de lleno en una tradición policíaca de aire más anglosajón que español: investigadores privados de pasado turbulento que colaboran con la policía, reabriendo casos mal cerrados o directamente olvidados, órdenes judiciales que llegan en un suspiro y ciertos hallazgos que se producen con una rapidez insólita. Por suerte, su protagonista se aparta de algunos tópicos del género y no ahoga sus sombras en alcohol ni en drogas, como suele ser habitual. 

Aun así, no puedo evitar echar de menos —quizá por las muchas conversaciones con la Verónica real o por lecturas previas del género— resoluciones más enrevesadas, conflictos más ásperos y cercanos. Porque la realidad rara vez se deja ordenar con tanta limpieza: resolver un caso no siempre es posible, no todo encaja, no todos los culpables acaban pagando por ello. Y esa incomodidad, ese margen de fracaso, es a veces lo que hace que una historia se quede latiendo mucho después de haber cerrado el libro.

El ritmo es ágil, sin caer en la precipitación. Los capítulos invitan a seguir, pero también conceden pausas necesarias para asimilar lo ocurrido. Igualmente, la protagonista, lejos de ser un simple vehículo para la trama, está trazada con una sensibilidad que la hace creíble. No es infalible ni pretende serlo. Duda, se cuestiona y carga con decisiones que no siempre resultan cómodas. También se percibe un vínculo emocional ambientes, una necesidad de volver a ellos para cerrar heridas o, al menos, comprenderlas. 

Definitivamente, la Verónica del libro camina sobre una línea fina entre la lógica y la intuición, cargando con un pasado que pesa y con una sensibilidad que, lejos de ser un obstáculo, se convierte en su mayor herramienta. Hay escenas que se leen con el ceño fruncido y otras que invitan a detenerse, a releer, a dejar que la inquietud se asiente. No es una novela para devorar con prisas, sino para saborear con atención, dejando que su tono y su ritmo hagan su trabajo. 

No obstante, me confieso culpable de haberla leído de tirón. Y quizá por eso, al cerrar el libro, queda esa sensación tan poco frecuente de haber acompañado una historia más que de haberla consumido. Con todo, echo de menos una mayor profundidad en el personaje de Verónica, espero que guardada a buen recaudo para futuras entregas. Hay en ella un potencial evidente, una base sólida que invita a imaginar otras muchas historias aún por contar. Quizá este sea solo un primer acercamiento, una puerta entreabierta a un universo narrativo que podría crecer y volverse más complejo con el tiempo. ¿Quién sabe?

En conjunto, «Casos Pendientes: Más Allá de la Muerte» es una lectura que no busca deslumbrar con fuegos artificiales, sino dejar una huella más silenciosa. Una novela que se lee con interés y se recuerda con inquietud, porque plantea una pregunta incómoda y muy real: ¿qué hacemos con los casos que no se resuelven del todo? Quizá, como sugiere el título, algunos nunca dejan de estar pendientes.

Si quieres hacerte acercarte, un poco más, a la literatura de Marian Romero... Aquí tienes este libro.   

Comentarios

  1. Mil gracias por tú reseña!! Te ha quedado algo que quise dejar entrever y tú has sabido verlo...¿una segunda entrega? Quizá...

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