Reseña «La Magia está en Ti»

Como sabéis, Verónica tiene una amplia biblioteca, en la que encontrar volúmenes de todo tipo y época. Insiste en que le gusta coleccionarlos aunque nunca llegue a leerlos todos porque, básicamente, le resultaría imposible —o quizás no ¿quién sabe?—. Pues resulta que, entre estanterías y baldas, aguarda un espacio dedicado a libros escritos por sus amistades dentro de lo que ella llama «mundo del misterio», y deben de ser amistades muy preciadas, pues reconozco que es uno de los rincones mejor ordenados de todos. Ahí puedes encontrar desde los libros del gran Pierre Monteagudo —sí, parece que hicieron buenas migas hace años— hasta secretos como el que hoy os traigo. El azul celeste de su cubierta llamó poderosamente mi atención: ahí estaba «La Magia está en Ti», de Maika García, un título que parecía brillar con luz propia entre lomos más sobrios.

Lo tomé con cuidado, casi con respeto, como si el color pudiera dañarse con un gesto brusco. Verónica sonrió al verme, con esa mezcla de complicidad y «ya sabía yo que acabarías ahí», y me confesó que era uno de esos libros que llegan en el momento justo, aunque uno no sepa explicarlo del todo. Al abrirlo encontré fórmulas secretas, pero también una voz cercana y honesta, de las que te hablan sin alzar el tono y aun así se quedan contigo. Maika García escribe como quien deja migas de pan para volver a casa: pequeñas certezas, dudas bien colocadas y una invitación constante a mirarse por dentro sin miedo. Entendí entonces por qué ese azul tenía un lugar privilegiado en la estantería de las amistades queridas, porque hay libros que se leen y se olvidan, y otros —pocos— que se quedan esperando, pacientes, a que alguien los necesite, y ese, sin duda, era uno de ellos.

—Si conocieras a Maika, entenderías este libro de otra manera —dijo—. Verías que cada página, cada letra, es un reflejo de ella misma, escrita con una transparencia absoluta y sin ningún disfraz. Sabrías también que ese azul no es casual, que es el color de la calma y de la paz que la define. Maika escribió este libro para ayudar, destinando sus beneficios a una colonia gatuna. La DANA de Valencia le arrebató muchas cosas y, aun así, jamás la verás perder la sonrisa. Maika es paz.

Verónica sonreía, mientras me señalaba el libro:

—Y no es solo un libro —continuó—. Es casi un grimorio cotidiano, lleno de pequeños hechizos y pócimas hechas de palabras sencillas, de esas que no se recitan en voz alta pero hacen efecto igual. No habla de magia ajena ni lejana, sino de la que ya llevamos dentro, aunque a veces se nos olvide. Maika solo te lo recuerda con cuidado, como quien no impone nada, como quien susurra: la magia está en ti, siempre lo ha estado.

La conversación se fue apagando, pero el libro seguía pesando entre mis manos, como si tuviera pulso propio. Pasé las páginas despacio, dejándome llevar por ese tono que no exige, que acompaña. Cada hechizo parecía una excusa para detenerse, cada pócima una invitación a escucharse con más atención. No había solemnidad ni promesas imposibles, solo gestos pequeños: respirar, agradecer, cuidar, volver a empezar. Me di cuenta de que lo estaba leyendo allí mismo, en su despacho, mientras Verónica reordenaba una pila de ejemplares antiguos. En algún momento, hasta le pedí un papel para anotarme uno de esos hechizos y probarlos en la intimidad del hogar. 

Esta reseña no podía ser fría ni distante, porque el libro no lo es. «La Magia está en Ti» se lee como se comparte un té caliente en un día difícil: reconforta sin hacer ruido. Es un libro para abrir al azar, para subrayar, para dejar en la mesilla y regresar cuando el mundo aprieta un poco más de la cuenta. Entre sus páginas hay gatos, pérdidas, sonrisas que resisten y una fe tranquila en que incluso después de la tormenta —sobre todo después— algo bueno puede volver a brotar.

Y quizá por eso encaja tan bien en la estantería de Verónica, entre libros escritos por personas queridas. Porque más que un objeto, es un gesto. Un recordatorio de que la magia no siempre brilla ni hace ruido, pero existe. Vive en quien escribe con el corazón abierto y en quien lee dispuesto a reconocerse. Y cuando eso ocurre, aunque sea por un instante, todo parece un poco más en calma.

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