Hace unos días, alguien me mostró una imagen que resume a la perfección lo que hoy trato de explicar, sin acritud (no sé yo), aunque con un cierto toque irónico:
«Sea inteligente, elegante, sincero, alegre, honesto, feliz, ayude a todos, ame a todos, prospere… y ya usted verá».
La fórmula para tener detractores parece casi absurda: basta con que te vaya bien para recibir el odio de aquellos que te rodean... incluso, de aquellos a los que, un día, cometiste el error de llamar amigos. Pero si lo piensas, tiene sentido. Nada incomoda más que la felicidad ajena, sobre todo si es genuina. Por ello, me he propuesto, llegados a este punto, realizar una enumeración de todas tus virtudes, consideradas defectos por aquellos que solo saben lanzar puñales por la espalda:
- La inteligencia molesta. Sí, porque cuando piensas por ti mismo, cuestionas y buscas respuestas, inevitablemente, desafías el status quo. También cuando tienes ideas brillantes. Siempre hay alguien que no está preparado para eso, pero luego bien que las toma como propias. Prefieren que sigas el guion, que no incomodes... que dejes de molestar de una vez porque estás haciendo mucho ruido.
- La alegría incomoda. Hay días y contextos en los que tu sonrisa es vista como una provocación o, incluso, como una forma de seducción. No, no has hecho nada malo, solo les estás recordando a esos otros lo que ellos han perdido o lo que nunca han tenido. Así que sonríe un poco más y observa cómo empiezan a fruncir el ceño. Si quieres ganar enemigos rápido, ríe a carcajadas, que eso los multiplica por infinito.
- La honestidad duele. Decir la verdad (aunque lo hagas con elegancia) es una de las formas más rápidas de ganarte oponentes. Esto es así, especialmente, en un mundo donde muchos prefieren la comodidad de la mentira compartida... y de palmadas en la espalda por compromiso.
- El éxito se paga. Prosperar no es pecado, pero para algunos es un recordatorio incómodo de lo que no se atreven a intentar. Y en vez de admirarte, deciden atacarte. ¡Tú prospera y no te detengas!
- Ayudar es peligroso. No hay nada más molesto que alguien generoso y que no espera nada a cambio... porque, por desgracia, todos los demás son capaces de cualquier cosa por lograr sus objetivos. Si ayudas, demuestras que es posible ayudar, y eso deja en evidencia a los que jamás mueven un dedo ni por hacer lo que les hace falta.
- La defensa está envenenada. Defiende a otros. ¡O peor aún! Métete en problemas por proteger a alguien. No hay mejor manera de coleccionar enemigos que poner límites a la injusticia... esa que, por desgracia, está tan de moda y que tiende a atacar a los más débiles (¿o quizás a los más fuertes, dentro de un sistema envidioso y podrido?).
- La elegancia se subestima. Porque no hay mayor desprecio que el no aprecio. Si no te rebajas a su nivel y no pierdes la calma, la enemistad crece todavía más... hasta límites insospechados. Pocas cosas enfurecen tanto como alguien que no se inmuta o que, al menos, lo intenta. Déjales que sigan hablando ellos, así se sentirán más felices.
- El silencio atormenta. Sigue con tu tónica anterior e ignóralos... esa es tu venganza. La indiferencia se convierte en gasolina para sus enfados, activa sus malestares y aumenta sus niveles de cortisol. ¡El silencio aumenta tu belleza!
Digamos que hacer enemigos no es un defecto: es, sencillamente, un indicador de que estás vivo, que sigues creciendo y moviendo tus fichas en el tablero. Si todo el mundo te adora, revisa si acaso estás haciendo algo que no debes... y te has vuelto invisible. Porque la peor manera de no tener enemigos es no significar nada para nadie.
En resumen: no hace falta traicionar a nadie para ganar enemistades. Basta con vivir de manera plena y auténtica. El precio de ser fiel a ti mismo suele ser la incomodidad de otros… y de ahí nacen las fricciones. ¿La buena noticia? Si tus enemigos aparecen por ser honesto, feliz y próspero, probablemente, estás haciendo las cosas bien.
Hacer enemigos es sencillo: piensa, sonríe, sé honesto, ayuda, progresa, defiende lo justo y no te disculpes por existir. Cada virtud es un nuevo motivo de incomodidad para alguien.
Y eso es perfecto.

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