«No hables de los hijos de los demás...»

Con tantas ediciones de Olimpiadas, con tantas medallas entregadas, todavía no entiendo cómo no han incluido el deporte nacional más practicado: la especialidad universal de opinar sobre la vida… y sobre los hijos de los demás. Sin entrenar, sin sudar, todos acabamos siendo campeones en vidas ajenas. Licenciados en la Universidad de la Tómbola, con nuestro flamante título en Yo Sé Más Que Tú que no sabemos si existe en realidad. Psicólogos de pasillo, pedagogos de feria, nutricionistas de bar, policías de balcón y coaches de esquina. ¡Este trofeo es para vosotros! Y gratis, igual que vosotros, que encima no cobráis consulta.

Porque la vida, tarde o temprano, te da una dosis de humildad —esa medicina que todos necesitamos— y ahí entiendes la regla de oro:

«No hables de los hijos de los demás… hasta que los tuyos tengan ochenta años o más».

Porque hablar es facilísimo. Lo difícil es criar. Tu hijo también gritó en el supermercado. También olvidó los modales en visitas. No salió de un anuncio de pañales ni de colonia. No siempre sonrió. No siempre agradeció. Alguna vez tiró el bocadillo por la ventana, y quizás sus primeros cigarros, también. Y claro, cuando lo descubrieron, acusó a otro —porque él jamás haría algo así (¿cómo va a fumar tu hijo perfecto?)—. Y también se echó novio, o novia, o las dos cosas... y no todos eran guapos, ni adinerados, ni empresarios, ni listos... ¡Ni nada! 

Cada persona es de su propia especie, y conviene recordarlo: todos hemos sido hijos alguna vez. Criticar desde la grada es muy cómodo, y fácil usar los problemas ajenos como consuelo propio  («mal de muchos, consuelo de tontos»). Igual de fácil que reírse del drama del adolescente vecino que llora porque se siente solo… hasta que es el tuyo el que llora. Igual de fácil que criticar a la pareja de tu hijo porque no está a su altura... ¿Alguna vez te preguntaste si acaso no es tu hijo el que no lo está? 

Ese niño que te parece un desastre —al que le deseas suerte con cara de compasión— quizá se convierta en un adulto brillante, empático, creativo, sabio. Y ese día, tus hijos ejemplares se encargarán de taparte la boca. Porque, por mucho que intentes moldearlos, cada uno es como es.

Así que la próxima vez que te pique la lengua para opinar del hijo de otro, recuerda: espera a que los tuyos tengan nietos… y tú ya no tengas fuerzas ni para hablar. ¡Ojo! que muchas veces, ni teniendo nietos, te abandona el comezón de la sinhueso... Igual te lo tienes que trabajar un poco. 

Mientras tanto, practica la empatía, ofrece una mano amiga y guarda el sarcasmo en el bolsillo. Nadie está entrenado para esto; la mayoría solo quiere llegar vivo y sano al próximo cumpleaños.

Y si no puedes resistirte… pásame el número de tu opinión. Igual un día le devuelvo la llamada.

Comentarios