«Creo que hay que empezar a superar que hay gente a la que no le gusta leer. Y encima no sois mejores porque os guste leer».
Así lo afirmaba una conocida influencer hace apenas unos días. Lo inquietante no es la frase en sí... tampoco los labios de quién ha surgido, sino el eco que deja en quienes la escuchan. Porque las palabras que pronuncia una voz con credibilidad se convierten en brújula para muchos, y lo que empieza siendo una opinión ligera termina moldeando percepciones, hábitos y decisiones.
Leer nunca ha sido una competición. No se trata de acumular títulos en una estantería como si fueran medallas que relucen para el aplauso ajeno (aunque muchos no podamos evitar sucumbir a la tentación de sumar títulos nuevos o de segunda mano a nuestra biblioteca, los cuales esperan pacientemente su turno de lectura). Leer es otra cosa: es abrir una grieta en la rutina, permitir que la mente se desordene para volver a nacer, compartir silencio con voces que nunca escucharemos pero que nos tocan como si hubiesen estado siempre aquí, con nosotros. No, leer no te convierte en alguien superior. Tampoco en alguien más puro o más sabio. Lo que sí hace es regalarte la posibilidad de mirar con otros ojos, de habitar un tiempo distinto, de sentir el vértigo de lo desconocido y la ternura de lo inesperado.
Quizás ahí esté el error: pensar la lectura como una vara de medir, como un privilegio arrogante, y no como lo que realmente es: un puente frágil, un hilo secreto que nos conecta con nuestro lado más humano. Porque cada libro abierto es un pacto con la memoria de quien lo escribió, con sus dudas y sus certezas, con sus cicatrices y sus sueños. Y también es un pacto con nosotros mismos, que aceptamos perdernos un instante para regresar distintos a nuestra realidad... esa cargada de problemas y preocupaciones del día a día los cuales, por un momento, parecen disiparse. Leer es sentir... ya sea el tacto del papel o la pantalla de un dispositivo.
El problema no es que haya quienes no lean. El verdadero problema es creer que leer carece de importancia, que la palabra es desechable, que el silencio de la página puede ser sustituido por el ruido incesante de Internet y sus discípulos, todólogos de profesión, policías de balcón, críticos de pacotilla y cuñados sin fundamento. El problema es olvidar que fuimos escritos antes de ser pensados, que nuestra historia, la de cada uno, está hecha de los relatos que nos preceden y que nos han convertido en lo que somos.
Leer no es un lujo ni un deber, tampoco una etiqueta de élite. Es, más bien, una forma de seguir latiendo en compañía. Y mientras existan libros, mientras alguien decida entregarnos su voz en papel, habrá quien encuentre en la lectura no un escalón para sentirse más alto, sino un refugio para ser más humano.
Leer nunca ha sido una competición. No se trata de acumular títulos en una estantería como si fueran medallas que relucen para el aplauso ajeno (aunque muchos no podamos evitar sucumbir a la tentación de sumar títulos nuevos o de segunda mano a nuestra biblioteca, los cuales esperan pacientemente su turno de lectura). Leer es otra cosa: es abrir una grieta en la rutina, permitir que la mente se desordene para volver a nacer, compartir silencio con voces que nunca escucharemos pero que nos tocan como si hubiesen estado siempre aquí, con nosotros. No, leer no te convierte en alguien superior. Tampoco en alguien más puro o más sabio. Lo que sí hace es regalarte la posibilidad de mirar con otros ojos, de habitar un tiempo distinto, de sentir el vértigo de lo desconocido y la ternura de lo inesperado.
Quizás ahí esté el error: pensar la lectura como una vara de medir, como un privilegio arrogante, y no como lo que realmente es: un puente frágil, un hilo secreto que nos conecta con nuestro lado más humano. Porque cada libro abierto es un pacto con la memoria de quien lo escribió, con sus dudas y sus certezas, con sus cicatrices y sus sueños. Y también es un pacto con nosotros mismos, que aceptamos perdernos un instante para regresar distintos a nuestra realidad... esa cargada de problemas y preocupaciones del día a día los cuales, por un momento, parecen disiparse. Leer es sentir... ya sea el tacto del papel o la pantalla de un dispositivo.
El problema no es que haya quienes no lean. El verdadero problema es creer que leer carece de importancia, que la palabra es desechable, que el silencio de la página puede ser sustituido por el ruido incesante de Internet y sus discípulos, todólogos de profesión, policías de balcón, críticos de pacotilla y cuñados sin fundamento. El problema es olvidar que fuimos escritos antes de ser pensados, que nuestra historia, la de cada uno, está hecha de los relatos que nos preceden y que nos han convertido en lo que somos.
Leer no es un lujo ni un deber, tampoco una etiqueta de élite. Es, más bien, una forma de seguir latiendo en compañía. Y mientras existan libros, mientras alguien decida entregarnos su voz en papel, habrá quien encuentre en la lectura no un escalón para sentirse más alto, sino un refugio para ser más humano.
Ya lo decía Federico García Lorca:
«Si yo tuviera hambre y estuviera desvalido en la calle, no pediría pan; pediría medio pan y un libro».
Y si casi 9 décadas más tarde, aún resuenan sus versos, es que algo de verdad hay en sus palabras. Porque al final, leer no se trata de ser mejores que nadie, sino de ser más nosotros mismos. No es un adorno ni una excusa, es alimento. Pan y libros, cuerpo y espíritu, necesidad y deseo. Y quien desprecia la lectura quizás no entienda que sin palabras estamos condenados a repetir los mismos silencios.
Leer es rebelarse contra la prisa, contra la superficialidad, contra la dictadura del ruido. Leer es recordar que, incluso en la oscuridad, hay personajes que nos acompañan. Y mientras sigamos eligiendo un libro —aunque sea uno solo, aunque sea tarde, aunque sea despacio— habrá esperanza de que no todo está perdido.
Porque cada página leída nos rescata un poco del olvido.
Leer es rebelarse contra la prisa, contra la superficialidad, contra la dictadura del ruido. Leer es recordar que, incluso en la oscuridad, hay personajes que nos acompañan. Y mientras sigamos eligiendo un libro —aunque sea uno solo, aunque sea tarde, aunque sea despacio— habrá esperanza de que no todo está perdido.
Porque cada página leída nos rescata un poco del olvido.
Y eso, aunque algunos no lo comprendan, siempre será un acto de resistencia.... y de poder.

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