Lo importante es reconocerlo: te encantan las frases motivacionales. Llenas tus redes de imágenes recicladas, compartidas de páginas que ni sabes cómo encontraste, sobre refranes, reflexiones filosóficas y un sinfín de frases que te obligan a decir, para tus adentros, “qué razón tiene”, justo antes de pulsar el botón de COMPARTIR. ¡Y zas! Sin darte cuenta, te has convertido en uno de esos todólogos, en uno de los apóstoles del Doctor Liendre: de todo sabe y de nada entiende.
Así que, querido coach de la vida, aquí te dejo tu frase del día —y esta sí puedes compartirla, pero con responsabilidad—:
Tan obvia como decir que el agua moja, pero tan ignorada como el manual de instrucciones de la vida. Porque el problema no son las consecuencias, sino esa extraña creencia de que son opcionales, como si fueran la salsa extra que decides no pedir.
Te has vuelto un experto en el arte del autoengaño: decides quedarte viendo series hasta las tres de la mañana y, al día siguiente, te preguntas por qué estás tan cansado. Te zampas comida basura como si fueran antioxidantes y luego lloras porque el pantalón ha decidido declararte la guerra. Sueles mandar mensajes pasivo-agresivos y, después, te sorprendes de que alguien se los tome… pasivo-agresivamente. Pero lo más brillante es que a todo esto lo llamas mala suerte, porque echarle la culpa al destino es gratis y no se queja.
Las consecuencias, querido lector, tienen el humor de un guionista de comedia negra. A veces, son inmediatas: tocas la olla caliente y te quemas. Otras veces, son pacientes: ignoras el problema durante meses hasta que explota justo el día que tienes la reunión más importante del año. El karma no tiene prisa, pero tiene una memoria exquisita. Y, cuando finalmente llega, nos encuentra haciendo lo que mejor sabemos: fingir sorpresa.
Así que, querido coach de la vida, aquí te dejo tu frase del día —y esta sí puedes compartirla, pero con responsabilidad—:
«Todo acto tiene sus consecuencias».
Tan obvia como decir que el agua moja, pero tan ignorada como el manual de instrucciones de la vida. Porque el problema no son las consecuencias, sino esa extraña creencia de que son opcionales, como si fueran la salsa extra que decides no pedir.
Te has vuelto un experto en el arte del autoengaño: decides quedarte viendo series hasta las tres de la mañana y, al día siguiente, te preguntas por qué estás tan cansado. Te zampas comida basura como si fueran antioxidantes y luego lloras porque el pantalón ha decidido declararte la guerra. Sueles mandar mensajes pasivo-agresivos y, después, te sorprendes de que alguien se los tome… pasivo-agresivamente. Pero lo más brillante es que a todo esto lo llamas mala suerte, porque echarle la culpa al destino es gratis y no se queja.
Las consecuencias, querido lector, tienen el humor de un guionista de comedia negra. A veces, son inmediatas: tocas la olla caliente y te quemas. Otras veces, son pacientes: ignoras el problema durante meses hasta que explota justo el día que tienes la reunión más importante del año. El karma no tiene prisa, pero tiene una memoria exquisita. Y, cuando finalmente llega, nos encuentra haciendo lo que mejor sabemos: fingir sorpresa.
¡No puede ser! ¿Por qué me pasa esto a mí? Porque cada pequeño acto es como hacerle un pedido al universo. Y el universo, amigo mío, siempre entrega. Tal vez tarde un poco, pero llega.
Moraleja (para que la compartas, ya que te gusta tanto): si no te gustan las consecuencias, cambia las acciones. Si no lo haces, no te quejes. O bueno, quéjate… pero no olvides que otra consecuencia de tus actos es que, en algún punto, nadie te va a tomar en serio.
Moraleja (para que la compartas, ya que te gusta tanto): si no te gustan las consecuencias, cambia las acciones. Si no lo haces, no te quejes. O bueno, quéjate… pero no olvides que otra consecuencia de tus actos es que, en algún punto, nadie te va a tomar en serio.
Así que si tu vida apesta, revisa el pedido. Quizás fuiste tú quien marcó la casilla de con extra de drama.

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