Crónica de una relación imposible: nueras vs. suegras

Hay un fenómeno casi universal, digno de estudio científico y un documental de las mejores plataformas de streaming: la suegra que no soporta a la pareja de su hijo. Sí, me refiero a esas criaturas místicas, potencialmente peligrosas, capaces de decir «es que yo lo crié con mucho amor como para que ahora le hagan daño», como si eso les diera preferencia en las decisiones sentimentales de sus hijos. 

Porque sí: aparentemente, el amor maternal viene con un contrato de por vida y una cláusula especial: «ninguna persona en la faz de la Tierra será lo suficientemente buena para mi hijo», y así empieza la telenovela de la vida de muchas jóvenes. La suegra no critica (jamás): solo observa, juzga, comenta... y advierte, como parte del argumento de un thriller de misterio. Ataca a la pareja cuando el hijo no está delante y, para colmo, comienza a envenenar al entorno: que su niño ha cambiado para mal, que ya no es el mismo, que no suele enamorarse tan fácil... porque claro, ella lo conoce mejor que nadie

Y en su mente, la pareja se convierte en una amenaza, en una intrusa que viene a robarle su creación maestra... Como cuando Aurora Rodríguez Carballeira temía que Abel Velilla le robase a su Hildegart. Como si el hijo fuera una escultura de porcelana frágil, y no un adulto con criterio propio (o, al menos, que intenta tenerlo). 

Entonces viene la segunda fase: el sabotaje silencioso. Sutil, estratégico, pasivo-agresivo pero directo. Los mensajes están envenenados, aunque disfrazados de ternura: «cariño mío, antes ibas mejor planchado»; «mi amor, es que ya no vistes como antes»; «corazón mío, ¿estás seguro de que quieres estar con ella, si no te llega ni a la suela del zapato?», y un sinfín de frases más propias de un arte ancestral, transmitido de generación en generación: la manipulación envuelta en amor de madre. 

Y por supuesto, cuando la pareja (la enemiga) no se doblega... cuando no pide permiso ni se deja adoctrinar... cuando sigue ahí a pesar de los lanzallamas, llega la gran tragedia de la fase tres: la mamá ofendida. Sí, la mártir, la que dice entre lágrimas fingidas que «las cosas ya no son como antes» o «no me gustaría que dejases de ver a los papás por nada del mundo». Y así, con toda esa delicada mezcla de drama y ego, decide lo más maduro posible cuando se le indica que está haciéndolo mal: darle la espalda a su hijo, negarle todo. Desaparecer bajo el lema de que «si él eligió, que viva con sus consecuencias»

En conclusión, se trata de la nobleza del amor incondicional... con condiciones, eso sí. 

Seamos sinceros: lo que duele, en este caso, no es que el hijo tenga pareja. Lo que duele es perder el control. Ya no poder decidir cómo se viste, con quién sale, ni quién le prepara la sopa cuando está enfermo. Duele que haya alguien que lo cuide sin pedir permiso... y que su hijo la haya otorgado un lugar en su vida sin su autorización. Muchas suegras no saben amar sin dirigir. No saben querer sin controlar. Confunden el cariño con la supervisión y, el cuidado, con la invasión.

Por ello, envío la siguiente misiva... 

Queridas suegras de todos los tiempos. 

Si de verdad aman a sus hijos, suelten la batuta. Ellos no las están reemplazando, solo intentan vivir de otra manera. Déjenlos equivocarse, enamorarse, fracasar y volver a empezar. Eso, también es amor. Porque no hay nada más triste que una madre que, por no aceptar a la pareja de su hijo, termine perdiéndolo. 

Así que relájense, siéntense cómodas y miren el show desde el palco. Al final, sus hijos no necesitan que les dirijan la orquesta. Solo necesitan una madre que aplauda desde el público, aunque la canción no sea de su agrado.

Con cariño (y sarcasmo),

De parte de todas las «mujeres» de esos «hijos» a las que jamás considerarán «nueras». 

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