Durante años fuiste la persona que sacaba el trabajo adelante. Esa figura mítica que hacía milagros para llegar a tiempo a cumplir los plazos, corrigiendo mil y una veces lo que otros malograban para un jefe que usaba la palabra urgente como puntuación y luego se colgaba las medallas. Hiciste de todo: estrategias, informes, cafés, de todo menos dormir. ¡Ni a almorzar saliste! Y claro, uno pensaba: esto algún día valdrá la pena.
Y sí, claro que valió la pena… para ellos.
Porque un día, de repente, te das cuenta de que ya no eres imprescindible. Que esa empresa por la que te desviviste ahora tiene a otra persona en tu puesto, cobrando el doble, con aire acondicionado, despacho propio, ordenador moderno, silla ergonómica y un horario real. Una nueva contratación con sonrisa fresca, sin ojeras acumuladas ni traumas laborales, que llega diciendo frases de taza. Curioso. Es lo mismo que tú pedías años atrás, pero entonces te respondieron con un «no hay presupuesto». En la frase faltaba un claro «para ti».
Lo mejor es cuando ves cómo ahora se aplican todas esas ideas que tú propusiste, todas las plantillas que tú creaste, que las utilicen como suyas. Claro, es que ahora hay una cara nueva, una voz diferente, y, sobre todo, un salario más alto que legitima mágicamente las mismas ideas que antes tenías tú, que ni te ganaste una camiseta de uniformidad. Qué maravilla la meritocracia, ¿no?
«Claro, es que el problema no eran las ideas, ni las plantillas, ni los archivos... el problema era que lo hacía yo». ¿Acaso no lo has pensado?
El capitalismo tiene ese talento teatral de borrar huellas. Nadie recuerda las horas extra no pagadas, los fines de semana pegado a la pantalla, los nervios antes de presentar documentación en tiempo y forma, o ese momento glorioso en que hiciste funcionar algo que ni el manual técnico entendía. No. Todo eso desaparece en cuanto llega alguien... no con un título más largo, porque en eso no te pueden superar, pero sí en capacidad para pedir un contrato y un salario más digno... porque tú ni te atreviste.
Pero aquí viene la parte bonita: un día despiertas y te das cuenta de que no eras el problema. Que tu valor no dependía de la nómina ni de los aplausos corporativos. Que diste más de lo que te pedían, y mucho más de lo que merecían. Y, por alguna razón, eso calma. No borra la rabia, ni la ironía de haber sido reemplazada por una versión premium, pero te deja esa dulce certeza de que no todo lo que hiciste fue en vano. Porque incluso si nunca lo reconocieron, tú sabes lo que valías. Y lo sabes con intereses.
Así que, si alguna vez ves un anuncio de tu antiguo puesto con el doble de sueldo y una descripción que básicamente es tu lista de tareas reciclada, no te amargues. Sonríe con ese tipo de sarcasmo que solo entiende quien ya sobrevivió a la selva laboral. Y piensa: ojalá el nuevo sepa en qué se está metiendo.
Porque tú ya lo sabes. Y saberlo es poder.

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