«Cría cuervos y te sacarán los ojos», dice el refrán. Y ahí estás tú, compartiendo tus logros con la esperanza de inspirar cuando, en realidad, lo único que inspiras es la creatividad —porque te copiarán— de quienes buscan restarle valor a lo que has conseguido. La envidia es una joya cultural, como el refrán «mal de muchos, consuelo de tontos», y vaya que consuela: si el otro se cae, qué alivio, porque ahora estamos empatados. Y si no se cae, pues hay que inventarle una caída: rumores, chismes, indirectas... todo vale. El caso es no dejar que alguien brille sin que se note que molesta.
Lo irónico es que nadie admite ser envidioso. No, ellos no sienten envidia, solo opinan —por detrás—, solo dicen la verdad —su verdad—, solo dan consejos para que mejores y te recuerdan que nunca estás a la altura. Porque claro, el envidioso no se siente envidioso: se siente juez, guía espiritual y experto en tu vida.
«Cuando veas las barbas de tu vecino cortar, pon las tuyas a remojar». Así debería ser, pero no, porque aquí preferimos ver cómo las barbas del vecino arden mientras echamos gasolina desde la ventana. La envidia no quiere aprender, quiere que el otro pierda lo que tenga, lo que haya obtenido. Y si alguien gana, aunque sea poquito, es ofensivo, es personal, es motivo de debate. «Al que madruga, Dios lo ayuda», dicen. Pero si madrugas demasiado y logras algo, entonces eres sospechoso: seguro tenías palancas, suerte o un pacto con fuerzas ocultas. Porque aceptar que alguien trabajó, se esforzó y lo logró duele más que levantarse temprano.
Tampoco olvidemos el clásico: «El pez grande se come al chico». Aunque, en la vida real, el pez chico no solo no se deja comer, sino que se dedica a envenenar el agua para que el grande también se indigeste. El envidioso no compite: sabotea. Y es que, en el fondo, la envidia es la forma más barata de admiración: te vigilan, te copian, te critican… pero te consumen —y te hacen mucho daño—. Sin saberlo, trabajan gratis en tu departamento de marketing, aunque tú nunca les hayas pedido nada. «Ladran, Sancho, señal de que cabalgamos», que decía Don Quijote. Y qué cabalgata más ruidosa cuando les molesta verte avanzar.
Así que la próxima vez que sientas que alguien te mira raro, que sus felicidades suenen como insulto disfrazado, sonríe. Si te envidian, es porque algo estás haciendo bien. La envidia, al final, no te detiene; solo confirma que vas en la dirección correcta. Al final, la envidia no destruye al envidiado: desgasta al envidioso. Es como beber veneno esperando que el otro se muera. Mientras tú avanzas, ellos se ahogan en su propio malestar, en esa sensación de injusticia que solo existe en su cabeza. «El que se pica, ajos come», y aquí hay muchos con la boca llena.
Y ojo, que la envidia no entiende de clases sociales ni de talentos: el estudiante envidia al compañero, el colega al colega, el vecino al vecino, y hasta entre familiares hay torneos silenciosos de quién sonríe más falso en las reuniones. Porque «nadie es profeta en su tierra», y a veces, los más cercanos, son los primeros en querer que tropieces.
Así que ríete, sigue andando y recuerda: si tu brillo molesta, no es tu problema. «El sol sale para todos»… aunque a algunos les queme más la piel que a otros.

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