De padrinos va la cosa

En teoría, un padrino es alguien que te guía, te apoya, te acompaña en la vida. Al menos, así nos lo habían vendido y, con esa idea, hemos crecido. Sin embargo, en la práctica, es alguien que te acomoda, te consigue el trabajo de tus sueños y te salta la cola para convertirte en el primero. Bienvenidos al país donde los méritos se heredan por padrinazgo y nunca por esfuerzo.

Digamos que existen padrinos de bautismo, de confirmación, de casamiento... pero los verdaderos milagros los hacen los otros: los padrinos de oficina, los padrinos políticos, los padrinos empresariales. Esos que, con una sola llamada, convierten un «no hay vacantes» en un «mañana te esperamos». Es algo así como el Espíritu Santo de los contactos... un milagro de Navidad... ¡El Dios entre Dioses!

Porque claro, en este mundo de meritocracia imaginaria, nada dice «tengo talento» como tener un padrino con poder. El currículum puede estar vacío, pero si tiene la bendición correcta, ya está: contratado, promovido y con escritorio propio, con el mismo aire acondicionado que suplantó tu puesto y llegó para cobrar el doble. Hay quienes estudian años para llegar lejos; otros solo necesitan que su padrino diga «ahí tienes tu hueco», sin más esfuerzo que personarse (y algunos, ni eso). 

Y no, no se trata solo de política. El padrinazgo está en todos lados. En los medios, en la justicia, en el arte, en la universidad. Todo funciona con el mismo evangelio: «no importa lo que sabes, sino a quién conoces». La misa se celebra en los almuerzos de poder, la comunión son las recomendaciones, y el amén se firma con el contrato. El padrino moderno no lleva sotana, lleva agenda. Y el ahijado ideal no reza, agradece en redes sociales con una publicación del tipo «gracias a los que creyeron en mí» cuando, en realidad, quería decir «gracias por enchufarme»

El mérito real, entonces, no está en destacar, sino en caerle bien a la persona correcta. Hay quienes se parten la espalda trabajando y jamás caerán bien a nadie, mientras otros se dedican solo a levantar el teléfono, y asunto resuelto. Y así, la escalera social se convierte en un ascensor... pero solo para los apadrinados. ¿Y el resto? El resto se queda abajo, esperando el milagro de tener un padrino.

Pero tranquilos, que siempre habrá alguien diciendo que «con esfuerzo, lo conseguirás». Claro, siempre que tu esfuerzo venga con recomendación adjunta. Porque en este mundo, los padrinos no solo bautizan: también canonizan. Y si te falta uno, no te preocupes: en la próxima vida, quizá nazcas con apellido compuesto.

Mientras tanto, sigue rezando por el contacto correcto. Aquí, la fe se mide en influencias y los santos llevan trajes caros. El padrino no solo abre puertas: las cierra detrás de ti, por si acaso llegas sin invitación.

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