No hay nada más fascinante que ver a alguien ejercer su poder de manipulación emocional creyendo que eso es una forma válida de afecto. Porque sí, este tipo de gente existe: seres que creen que las relaciones humanas son exclusivas, como si fueran clubes privados con membresía dorada. Y si alguien osa interactuar con la persona prohibida, inmediatamente activan el modo castigo divino: bloquean, hacen berrinche y se declaran víctimas del universo.
Lo mejor es que lo justifican con frases dignas de una telenovela barata: «no entiendes lo que me hizo», «si fueras mi amigo de verdad, también lo odiarías», y un largo etcétera de enunciados que, más que informativos, son pura manipulación. Porque, para ellos, la madurez consiste en heredar enemistades como si fueran joyas familiares.
El nivel de control que algunos intentan ejercer sobre los vínculos ajenos es casi poético. Quieren decidir con quién hablas, con quién ríes, con quién compartes un café. Y si no obedeces, ¡zas!, te borran del mapa emocional. Una ejecución pública en nombre del orgullo herido. Lo más irónico es que esas personas suelen presumir de ser auténticas, honestas y leales. ¡Mis pelotas!
La verdadera lealtad no consiste en odiar a quien otro odia; consiste en tener la madurez suficiente para diferenciar tus emociones de las de los demás. Si tu amistad depende de a quién saludo, lo tuyo conmigo no es amistad: es una dictadura emocional disfrazada de cariño. Y, por favor, no confundamos límites con caprichos. Un límite sano es decir: «esa persona me hizo daño, prefiero mantener distancia». Un berrinche disfrazado de límite es decir: «si no haces lo mismo que yo, te castigo con mi silencio». Y ese silencio, créeme, no es paz: es manipulación con moño rosa. O, más bien, manipulación roñosa.
Así que, si tú eres de los que reparten órdenes sobre con quién se puede hablar, te tengo una noticia incómoda: no eres leal, eres posesivo. Y si eres de los que se sienten culpables por no obedecer esas órdenes, recuerda esto: la gente emocionalmente madura no te hace elegir bandos, te respeta lo suficiente para dejarte pensar por ti mismo.
Al final, la vida no es una guerra de popularidad, y los adultos no deberían seguir jugando a «mi amigo o el tuyo». Crecimos, o al menos, se supone, así que deja de comportarte como si estuvieses en el patio del colegio, por favor.
Y si no puedes, pues quédate tranquilo: siempre habrá un recreo esperándote, con tus viejos aliados del drama, las miradas cruzadas y las alianzas secretas. Solo que ahora el recreo dura toda la vida… para quienes nunca aprendieron a crecer.

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