Y lo más divertido de todo no es eso. Lo realmente cómico es la ilusión casi infantil de creer que tú vas a lograr cambiar a alguien. Como si las personas fueran ediciones beta de un software que solo necesitan tu intervención genial para recibir la actualización definitiva. No cariño, la gente no es una aplicación con botón de update. Son, más bien, como los sistemas operativos de antaño: lentos, torpes... y sin parches.
Pero ahí sigues, con el síndrome de yo puedo. Con ese optimismo absurdo de pensar que, con suficiente amor y paciencia, vas a lograr que alguien deje de ser lo que ha sido toda su vida. Como si el orgullo, los traumas y la terquedad se evaporaran mágicamente solo porque tú llegaste a la ecuación. Siento decirte que eso no va a ocurrir nunca... que cada uno nace de su padre y de su madre, que somos como somos gracias a nuestras vivencias, que pueden haber sido las mejores... o las peores.
Y te lo repites hasta la saciedad: va a cambiar por mí; lo está intentando; tiene sus cosas pero ya no es igual... ¡Mentira! El gran final siempre es el mismo: la recaída, la desilusión, el golpe de realidad y una cara de memo que no se sujeta sola.
Lo siento, alguien debía decírtelo: nadie cambia por capricho ajeno. Nadie muta porque se lo exijas. Nadie se convierte en la versión que a ti te conviene solo porque tú lo decretaste. Si alguien cambia —cosa rara— es porque quiso, porque se vio en el espejo, porque se hartó de sí mismo. No porque tú llegaste a jugar a ser su salvador.
¡Qué manía siempre con querer salvar a la gente! Déjalo ya: no eres un arquitecto de almas, ni un ingeniero emocional ni un diseñador de personalidades. Aprende a aceptar a la gente tal cual es: cruda, repetitiva, predecible. Si no te gusta, si no te trata bien, si no encaja contigo... perfecto: abre la puerta, que pase el siguiente, y ya está. Que, como dice el refrán, más se perdió en la guerra.
Pero eso sí: si decides quedarte con la esperanza de que algún día cambiará… Disfrútalo mientras dure. Vas a ser testigo de la obra de teatro más larga, aburrida y reciclada del mundo. También la más caótica: la eterna representación de la gente nunca cambia.

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