No son cosas de niños: el bullying mata

Estoy cansada. Cansada de leer titulares que empiezan con las mismas palabras: «Una menor se quita la vida tras sufrir acoso escolar». Cansada de que el dolor de una niña o de un niño se convierta en una noticia más que mañana será sustituida por otra. Cansada de la hipocresía colectiva que finge sorpresa cuando la tragedia vuelve a repetirse, como si no supiéramos que esto pasa cada día, en cada aula, en cada pasillo donde alguien mira para otro lado.

¿Hasta cuándo vamos a seguir llamando «cosas de niños» a lo que es crueldad pura? ¿Hasta cuándo vamos a minimizar el sufrimiento de quienes no pueden más, de quienes cada día enfrentan un infierno disfrazado de juego? No, no son «cosas de niños» y nunca lo han sido. Son heridas que se clavan hondo, que deforman la manera de verse, de sentirse, de existir. Son miradas que se esconden, risas que duelen, palabras que destrozan. Son silencios que pesan más que el ruido de todo un colegio.

Me da rabia. Me da rabia porque todos lo sabemos. Lo saben los profesores que hacen como que no ven, los padres que piensan que su hijo «no sería capaz», los compañeros que callan para no ser el siguiente blanco. Y mientras tanto, alguien se apaga. Poco a poco. Hasta que un día ya no puede más y, ese día, todos se llevan las manos a la cabeza. Entonces llegan los comunicados, las lágrimas, las palabras bonitas. Pero ya es tarde. Siempre es tarde.

¿Dónde estamos fallando? En todo. Fallamos en enseñar empatía. Fallamos en escuchar. Fallamos en proteger. Fallamos cuando normalizamos el desprecio, cuando aplaudimos la burla, cuando el «es solo una broma» se convierte en la excusa perfecta para justificar la crueldad.

El bullying no es un problema menor. Es una forma de violencia. Y mata. Y lo que más duele es que podría evitarse si empezáramos a tomarnos en serio las señales, si dejáramos de minimizar lo que sienten los demás, si habláramos, si actuáramos. Si entendiéramos que cada palabra cuenta, que cada gesto importa, que mirar hacia otro lado también es una forma de dañar.

No quiero más minutos de silencio. Quiero minutos de acción, de educación, de empatía real. Quiero que cada aula sea un lugar seguro, no una jaula donde algunos aprenden a sobrevivir a costa de otros. Quiero que nadie más tenga que morir para que entendamos que esto no es un juego.

Porque sí, tengo rabia. Rabia por esa niña de Sevilla. Rabia por todos los que no llegaron a contarlo y por los que lo contaron y les ningunearon. Rabia porque seguimos fallando, una y otra vez, en lo más básico: cuidar, respetar, mirar al otro con humanidad. Y ojo, porque fallan los niños y fallamos los adultos cuando, a su vez, somos incapaces de respetar a nuestros iguales. 

Y ojalá esta rabia sirva para algo. Ojalá no se apague cuando pase la noticia. Ojalá sea el fuego que nos obligue a cambiar, de una vez por todas.

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