Mi nombre aquí es Oniria. No es un adorno, ni un capricho estético. Es un eco, una llave y un refugio.
Oniria viene de lo onírico, del universo de los sueños. Siempre sentí que los sueños son más que imágenes sueltas de la mente: son mapas secretos, mensajes velados, espejos donde lo que somos y lo que anhelamos se encuentran. En ellos, la realidad se distorsiona, pero no se pierde; se transforma para mostrar verdades que despiertos a veces no nos atrevemos a mirar.
La mitología también me dio un motivo. En la tradición griega, existían los Oneroi, los espíritus del sueño, hijos de la Noche. Entre ellos estaba Morfeo, que moldeaba los sueños humanos, y también Fobetor e Ícelos, que traían visiones más inquietantes. Oniria es como un eco de esos dioses menores: la idea de que cada sueño tiene vida propia y que cada uno nos toca de forma diferente. Con este nombre, conectamos con ese linaje invisible de narradores nocturnos, de tejedores de imágenes para aliviar los sentidos.
Pero Oniria no es solo un mito externo, también es mi propio espejo. Vivo con un pie en el mundo tangible y otro en los territorios invisibles. Mis pensamientos, mis emociones, mis palabras, se mueven como en un sueño: cambiantes, simbólicos, a veces hermosos, a veces inquietantes.
También es un recordatorio: que no todo tiene que ser tan real, tan duro, tan literal. Que hay belleza en lo etéreo. Que soñar —despierta o dormida— es una manera de permanecer vivo, de seguir explorando.
Y, admitámoslo: Oniria también suena más interesante que presentarme con mi nombre real. La mística es importante, pero la estética también cuenta. Por eso soy Oniria: porque soy, en esencia, alguien que habita sus propios sueños y los convierte en parte de su realidad. Entre la mitología y la ironía, entre lo sagrado y lo cotidiano, ahí me encuentras.
Oniria viene de lo onírico, del universo de los sueños. Siempre sentí que los sueños son más que imágenes sueltas de la mente: son mapas secretos, mensajes velados, espejos donde lo que somos y lo que anhelamos se encuentran. En ellos, la realidad se distorsiona, pero no se pierde; se transforma para mostrar verdades que despiertos a veces no nos atrevemos a mirar.
La mitología también me dio un motivo. En la tradición griega, existían los Oneroi, los espíritus del sueño, hijos de la Noche. Entre ellos estaba Morfeo, que moldeaba los sueños humanos, y también Fobetor e Ícelos, que traían visiones más inquietantes. Oniria es como un eco de esos dioses menores: la idea de que cada sueño tiene vida propia y que cada uno nos toca de forma diferente. Con este nombre, conectamos con ese linaje invisible de narradores nocturnos, de tejedores de imágenes para aliviar los sentidos.
Pero Oniria no es solo un mito externo, también es mi propio espejo. Vivo con un pie en el mundo tangible y otro en los territorios invisibles. Mis pensamientos, mis emociones, mis palabras, se mueven como en un sueño: cambiantes, simbólicos, a veces hermosos, a veces inquietantes.
También es un recordatorio: que no todo tiene que ser tan real, tan duro, tan literal. Que hay belleza en lo etéreo. Que soñar —despierta o dormida— es una manera de permanecer vivo, de seguir explorando.
Y, admitámoslo: Oniria también suena más interesante que presentarme con mi nombre real. La mística es importante, pero la estética también cuenta. Por eso soy Oniria: porque soy, en esencia, alguien que habita sus propios sueños y los convierte en parte de su realidad. Entre la mitología y la ironía, entre lo sagrado y lo cotidiano, ahí me encuentras.

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