Productividad tóxica Vs. Frases de taza

¿Trabajar para vivir… o vivir para trabajar? ¿Alguna vez te has hecho esa pregunta? Qué tiempos aquellos en los que tus padres podían tenerte a ti y terminar de pagar una casa con 40 años. No iban de vacaciones, pero llevaban sus pagos al día. Ahora, llenas tus redes sociales de frases motivacionales para hacerte creer que, si trabajas lo suficiente, alcanzarás la gloria de que te concedan una hipoteca por los próximos cincuenta años… la cual terminarán de pagar tus hijos o nietos, si llegas a tenerlos.

Y aquí es donde entra el culto moderno a la productividad. Comenzó siendo algo inocente: trabajar mejor, aprovechar el tiempo, tener margen para vivir. Pero la cosa se torció. Hoy ya no se trata de hacer, sino de hacer más, y si no produces cada segundo del día, eres un vago, un fracaso, un meme en LinkedIn.

Para evitarlo, surgen las aplicaciones de calendario, de gestión del tiempo, los relojes inteligentes... todas esas herramientas que, supuestamente, te ayudan con tu vida sana y ordenada. Sin embargo, en realidad, te colocan un collar digital, el cual aceptas encantado. Porque nadie te esclaviza: estas cosas te las descargas tú solito… Y los relojes inteligentes también te los colocas tú.

¡Y ya está! Ya formas parte de la rueda del capitalismo zen. De empresas que te exprimen y luego te regalan un acceso premium a una aplicación de meditación para que gestiones el estrés, en el mejor de los casos. Sí, porque también las hay que, únicamente, te envían un correo electrónico para decirte que debes descansar 8 horas. Así, te recuerdan que no puedes cambiar nada de lo que te quema, pero puedes aprender a respirar profundo mientras lo aceptas.

Lo más sangrante es la romantización del sacrificio. Ese discurso cutre de que «mientras ellos duermen, tú trabajas». Claro, y mientras ellos viven a cuerpo de rey, tú visitas las urgencias por ansiedad, problemas digestivos, dolores de cabeza o ronchas en la piel. Y así la cultura del esfuerzo se convirtió en cultura del agotamiento. El descanso es casi un delito. Dormir es de perdedores. Tener hobbies que no monetices es sospechoso. Y si te quejas, eres un flojo que no quiere avanzar.

Al final, la productividad tóxica es el negocio perfecto: te convencen de que el látigo lo llevas tú mismo y, en el fondo, tienen toda la razón, porque hasta la taza la has escogido. Toda una industria multimillonaria para recordarte que no vales nada si no haces más, más, más.

Pero aquí va lo más ácido del asunto: no es que no seamos productivos… no es que nos falte disciplina. Nos falta dignidad y asertividad para saber decir «no» a tiempo, antes de hacer cola en el centro de salud. Y, quizás, lo más revolucionario hoy no sea optimizar tu tiempo, sino perderlo a gusto. ¡Total, el sueldo va a ser el mismo, y van a deducirte los mismos impuestos para sostener un sistema que tampoco premia el esfuerzo!

Porque ahí está la otra cara de la moneda, la que da para otro post: mientras unos se dejan la vida en la rueda de la productividad tóxica, otros deciden bajarse de ella por completo… para vivir de los que no saben negarse.

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