Valencia bajo el agua... un año después

La DANA no pidió permiso. Cayó. Como caen los secretos, los recuerdos y las promesas políticas antes de las elecciones. Cayó sobre Valencia con la dulzura de un martillo, con la precisión de un espejo que se rompe justo donde más duele. Dicen que fue «una tromba histórica». Qué palabra tan cómoda, tan higiénica, tan noticiable. «Histórica». Como si eso lavara la pena, como si a fuerza de récords uno aprendiera a flotar. Pero no. Aquí no flotan ni los paraguas. Solo los muebles, los coches y la paciencia.

El fenómeno, dicen los meteorólogos, fue «extraordinario». En cambio, el desastre fue «ordinario». De manual. Calles anegadas, garajes convertidos en acuarios, barrios incomunicados, numerosas muertes y declaraciones institucionales copiadas del año anterior. Solo cambia la fecha porque, el guion, es el mismo. El agua no distinguió entre barrios: le dio igual si tenías piscina o lavadora. Entró, arrasó y se quedó un rato, como los políticos en campaña o la humedad en los cimientos. Luego vino lo peor... 

Las imágenes. Esas que todos compartimos con gesto grave y frase prefabricada: «¡Qué desastre! ¡Pobre gente». Sí, pobre gente. Pobre siempre la gente. También los reportajes, los drones, las cifras, las imágenes de vecinos y voluntarios achicando agua con resignación y cubos de pintura reconvertidos en herramientas de emergencia. Luego, la liturgia habitual: el político con el gesto compungido, el parte de daños, la rueda de prensa. Todo medido, todo previsto, salvo lo esencial: la prevención.

El agua no entiende de competencias ni de presupuestos. Solo busca el camino que un día fue suyo y que la ciudad le robó a golpe de urbanismo ciego y hormigón impaciente. Valencia se construyó para brillar al sol, no para resistir a la lluvia. Pero el clima ya no pregunta qué estación es. Y cada DANA será un recordatorio. No solo de nuestra vulnerabilidad, sino de nuestra amnesia. Los planes de drenaje se archivan hasta la próxima tormenta, los proyectos de infraestructuras quedan atrapados entre licitaciones eternas, y los vecinos aprenden a vivir con la sensación de que el agua no se va del todo, solo se esconde.

Recuerdo a los de los bajos, a los que no podían subir más porque ya vivían al ras del suelo y de la suerte. Mientras tanto, los de arriba decían que «no se podía prever». Claro. ¿Cómo prever que cuando se construye una ciudad sobre cemento y olvido, el agua busque su particular venganza? El Mediterráneo lleva siglos avisando. Pero aquí seguimos, plantando palmeras sobre la arcilla, vendiendo metros cuadrados a precio de oro y creyendo que el cielo es un decorado.

Luego vino la calma, esa calma que huele a fango y burocracia. Las calles se medio secaron, los telediarios cambiaron al siguiente drama y los vecinos seguían secando al sol lo poco que les quedaba. La vida sigue, sí, pero gotea. La humedad se ha instalado como una advertencia silenciosa en las paredes y en la memoria. Y entre tanto barro, alguien vuelve a pronunciar la frase más vacía del diccionario de los desastres: «esto nos hará más fuertes». No, no nos hace más fuertes. Nos hace más cansados, más cínicos, más conscientes de que cada gota que cae arrastra, también, una parte de la confianza en quienes deberían protegernos. Ahora, somos más expertos en resignación. 

La DANA ha pasado. Las cámaras se marcharon y las calles volvieron a llenarse de coches, en la medida de lo posible. El ruido cotidiano disimula las heridas. Pero el agua, esa vieja maestra, se lleva la lección bien aprendida: volverá. Y cuando lo haga, encontrará la ciudad en el mismo punto, esperando otro titular, otro parte de daños, otro «nadie podía preverlo».

Porque en Valencia, lo único que no llueve nunca, es responsabilidad.

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