Hace un par de semanas recibí un mensaje de Verónica Cano. Mi primer pensamiento fue:
«Ven mañana por la tarde, tengo una propuesta súper interesante que hacerte. ¿Te apuntas? Trae tu libro electrónico».
La frase despertó toda mi curiosidad, aunque no dudaba de que, viniendo de Verónica, tendría que ver con libros, electrónicos o no. En eso nunca falla. Así que acepté, sin pensarlo demasiado. Con ella, cualquier plan termina convertido en una buena historia, y yo no estaba dispuesta a perdérmela.
Apenas marcaban las siete de la tarde cuando llamé a su puerta, impaciente, con esa expectación que solo provocan las páginas aún por descubrir.
—Adelante, quiero presentarte una historia —me dijo, con una sonrisa cómplice—. ¿Estás preparada?
Asentí, nerviosa, como una niña que teme haber perdido el autobús pero confía en que aún puede alcanzarlo.
—Hace años conocí a Laura Montalbán en un evento literario… ¡Bueno, miento! En realidad, solo habían pasado un par de semanas desde que decidimos intercambiar nuestros libros: un Elche a cambio de un Valentina. La historia y las vivencias de su protagonista me tocaron el corazón —yo la miraba, ilusionada—. Laura escribe muy romántico, y no vas a poder dejar de leerla. ¡Te lo aseguro! Por eso te he hecho venir esta tarde: para que descargues «El Vals de las Almendras». ¡Hoy es gratis!
¿Libros gratis? Esas palabras mágicas captaron toda mi atención. Mi biblioteca nunca había sido tan espléndida como la de Verónica, pero cualquier oportunidad de agrandarla me parecía irresistible. Semanas atrás había leído lo último de Rebecca Yarros, mucho más fantástico, y la idea de sumergirme en algo que pudiera rozarlo me resultaba demasiado atractiva. ¿Superaría mis expectativas?
Verónica me propuso realizar una lectura conjunta, bajo el pretexto de compartir opiniones y, a ser posible, reseñar entre las dos la obra de Montalbán, así que acepté sin rechistar. A priori, me pareció una lectura cálida y reconfortante, ideal para esos momentos en los que te apetece disfrutar de algo que te acompañe, que te haga crecer y que, al mismo tiempo te entretenga. No me equivocaba: «El Vals de las Almendras» tiene corazón, el corazón de Laura, según dice Verónica.
Lo bueno es que te das cuenta enseguida de que la ambientación y los personajes están muy logrados: desde el principio, te sientes parte de Terrazul y de sus calles. Es un lugar con carácter, donde Siena, su protagonista, trata de iniciar una nueva vida tras una decepción. Será allí donde conozca a Lorenzo, un hombre enigmático pero una pieza clave que la ayudará a alcanzar el cambio interior, ese crecimiento que tanto necesita.
Verónica me había puesto, sin yo saberlo, delante de un libro en el que las segundas oportunidades sí existen. De una forma u otra, leerlo te recuerda que hay que dejar atrás aquello que no funciona, soltarlo, dejarlo marchar y sanar. Para ello, lo mejor es contar con un buen entorno, de esos que te miman y te cuidan, y te hacen sentir importante.
Como es una lectura conjunta, Verónica me ha insistido muchísimo en que mencione el aspecto sensorial: la historia aparece muy ligada a la cocina y al sentido del gusto. De manera inevitable, me ha recordado a cómo Laura Esquivel (curioso, tocaya de Montalbán) cocinaba pasiones en ««Como Agua para Chocolate», aunque Esquivel lo hacía con un frenesí de emociones inolvidable. Sanar el espíritu con recetas ricas, en un entorno agradable, no suena nada mal como experiencia.
«El Vals de las Almendras» es una metáfora pura de la madurez y la curación, de reencuentro con nosotros mismos y con los demás. Es un vals al ritmo de la vida, de las pérdidas y las segundas oportunidades.
Sin duda, la ilicitana Laura Montalbán se ha convertido en una de las autoras a las que pretendo seguir conociendo a través de sus obras. Verónica dice que me ayuda.

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