Reseña «Nuestra Gente: Pequeñas Historias de Elche y de la Viuda de Pérez»

Su marido le había regalado el libro, y ella lo conservaba con un cariño especial en aquella estantería reservada para los temas locales. Verónica había conocido a Pepe Galiana, maestro de canto y pianista en el Misteri d'Elx, un par de años antes, gracias a «Elche: Misterio, Leyenda y Tradición». Ella le firmó dos ejemplares justo antes de comenzar una de las rutas que solía guiar: uno para él y otro para su madre, fiel admiradora de cualquier autor —grande o pequeño— que se atreviera a desvelar los secretos de su querido Elche. Aquella buena señora pronto descubrió que, algunas de las historias que allí se relataban, le resultaban sorprendentemente cercanas: José Alarcón, abuelo de Verónica, había trabajado para su familia, y el recuerdo que guardaban de él era entrañable. Sin saberlo, los misterios de aquel libro habían trazado un puente entre sus vidas.

Pero la marcha tan abrupta de Pepe Galiana dejó a la ciudad huérfana de música y, a Verónica, llena de historias que ya nunca podría conocer.

—¿Sabes? Llegó a contarme algunas historias sobre mi abuelo —me decía, visiblemente emocionada mientras acariciaba el lomo del libro—. Aquí te dejo una parte muy importante de su vida: su libro póstumo.

Con un gesto pausado, casi ceremonial, Verónica me prestó el ejemplar de «Nuestra Gente: Pequeñas Historias de Elche y de la Viuda de Pérez». El peso del libro en mis manos parecía contener no solo relatos, sino también recuerdos, vínculos y despedidas que aún buscaban acomodo en el corazón de quienes lo habían querido.

Mientras sostenía el libro, me habló de cómo este libro había logrado algo que pocos consiguen: captar la esencia de un lugar a través de las pequeñas vidas que lo habitan. Cada historia, decía, estaba escrita con una sensibilidad que solo alguien profundamente arraigado a su tierra podía transmitir. Y en eso residía la magia de la obra: en rescatar voces que parecían destinadas al olvido y devolverles un espacio en la memoria colectiva de Elche.

—Él sabía escuchar —añadió Verónica—. Y sabía mirar. Por eso este libro es tan especial; porque no solo cuenta historias: las honra. Aquellos que hicieron posible su publicación, que colaboraron en conservar su legado, no saben el gran trabajo que han realizado.

Abrí el volumen y hojeé sus primeras páginas. Allí estaban los nombres, los oficios, los personajes y sus historias de vida, todo aquello que conforma la identidad de una familia que crece sin renunciar a su pasado. Comprendí, entonces, por qué Verónica lo conservaba como un tesoro. No era simplemente un libro póstumo: era el último gesto de amor de Galiana hacia su pueblo y su gente, esa que lo construyó día a día, como el abuelo de Verónica. 

Una vez en la soledad de mi alcoba, descubrí que cada página invitaba a detenerse, a recordar y, sobre todo, a celebrar a quienes hicieron de Elche un lugar repleto de historias dignas de ser contadas. Cada relato parecía abrir una ventana al pasado, permitiendo escuchar las voces que todavía resuenan entre calles, fábricas y familias.

Lo que más me impresionó fue comprobar cómo todas esas historias se sostenían sobre documentos personales cuidadosamente conservados. Se percibe, sin necesidad de señalarlo explícitamente, el esmero con el que Galiana guardaba cada papel, cada fotografía, cada apunte. En esa selección late un afecto profundo, una voluntad sincera de preservar la memoria como quien protege un tesoro familiar. Y quienes han colaborado en dar forma final a este legado, como la Cátedra Pedro Ibarra, han trabajado con la misma delicadeza. Su dedicación se adivina en cada renglón, como si el amor por la historia de Elche —y por la figura del propio Galiana— impregnara cada página. El resultado es un libro que no solo documenta un pasado, sino que lo honra.

Su prosa es sensible, minuciosa, llena de pequeños detalles y anécdotas que acercan al lector hasta el punto de sentir que mantiene una conversación íntima con el autor. Galiana relata sus vivencias familiares con esa ironía —a veces suave, a veces punzante— tan característica de él, logrando que cada capítulo respire cercanía, humor y humanidad.

No voy a desvelaros ninguna de las historias, pero sí os diré que, a medida que avanzaba, sentía que no solo estaba leyendo un libro, sino acompañando al autor en un último paseo por la memoria. Cada historia parecía despedirse con un murmullo suave, como si Galiana aún susurrara al oído del lector aquello que no quería que Elche olvidara. Y al cerrar el volumen, tuve la sensación de haber recibido un legado que trasciende lo literario: un recordatorio de que las ciudades laten gracias a la gente que las habita, y que conservar sus voces es, en sí mismo, un acto de amor.

Quizá por eso este libro emociona tanto. Porque, en sus páginas, no solo se recoge la vida de una familia o de un oficio, sino el eco de un hombre que dedicó su tiempo a escuchar, a observar y a contar. Y ahora, quienes lo leemos, tenemos el privilegio de seguir dando vida a esas historias que él ya no podrá narrar, pero que nos dejó cuidadosamente preparadas para que nunca se pierdan.

Por cierto, lo podéis encontrar en vuestra librería de confianza.  

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