Viajes aplazados, paisajes ganados

Han transcurrido más de dos décadas desde aquel viaje que nunca emprendí. Dicen que, cuando una etapa crucial llega a su fin, uno se regala un viaje de despedida, un ritual compartido que celebra los vínculos y la alegría. Aquel año, todos partieron rumbo a Italia… mientras yo me quedaba atrás, sin dinero, sin salud y, en cierto modo, sin lugar. Porque cuando no encajas en el molde, cuando tu forma de ser no refleja la de los demás, es como si te borraran: de pronto dejas de existir, silenciosa e irremediablemente, como si alguien apagara la luz sin avisar. Y me perdí otros muchos, tanto antes como después: al Pirineo catalán, a Túnez, y alguno más que, si existió, ni siquiera vale la pena recordar.

No fui a Italia, desde luego que no. Me quedé en casa, aferrándome a lo único que tenía al alcance: una conexión a Internet que llegó tarde, pero que, al menos, abrió una ventana diminuta hacia aquello que me perdí. A falta de calles florentinas y cielos italianos, me sumergí en las imágenes de la Galería de la Academia, recorriendo con la mirada esas obras que otros vieron sin ver, que otros pisaron sin comprender. Siempre me intrigó cómo aquellos compañeros, hijos —en teoría— de familias tan humildes como la mía, pudieron viajar como si fuesen pequeños reyes de fin de curso. Al final comprendí que, en la vida real, los trabajadores auténticos solemos quedarnos con las sobras, con el «ya habrá tiempo», con el «quizás algún día». Mientras los demás disfrutan del festín, los currantes, a menudo, ni siquiera alcanzamos a olerlo desde la puerta.

Durante años seguí así, viajando a golpe de clic, ampliando fotografías pixeladas como quien acerca la nariz a un escaparate que jamás podrá cruzar. Mientras la gente volvía contando sus batallitas —que si el helado de pistacho, que si los guías son unos pesados, que si algo espectacular «tampoco es para tanto»— yo me preguntaba si habrían sospechado siquiera la magnitud de lo que tenían delante. Probablemente no: para apreciar algo primero hay que mirarlo, y para mirarlo de verdad hace falta detenerse… habilidad que, por cierto, brilla por su ausencia en este tipo de turistas profesionales del hastío.

Y, sin embargo, el turismo emocional desde el escritorio no es tan malo. Viajar con la única compañía de un sueño aplazado se convirtió en un hábito que, al final, me enseñó más que cualquier guía —con todo mi respeto hacia ellos—. Aprendí a valorar la belleza desde la imposibilidad, a saborear lo inalcanzable sin levantarme de la silla. Y aunque en aquel momento doliera, hoy casi me hace sonreír: al final, los que no fuimos… quizás fuimos quienes más viajamos.

Con los años, cuando por fin empecé a trabajar —y a cobrar algo más que la triste promesa de un «ya veremos el mes que viene»— pude permitirme pequeños gestos de libertad. No grandes viajes ni epopeyas dignas de un documental, claro, pero sí alguna que otra escapada de fin de semana, de esas que saben a triunfo íntimo.

Descubrí entonces que España, esa misma que había visto siempre desde la ventana de Internet o desde los libros, tenía rincones capaces de reconciliarte con la vida: plazas silenciosas al amanecer, pueblos que olían a pan recién hecho, paisajes que parecían inventados para recordarte que el mundo no termina en tu barrio. Y allí iba yo, maleta pequeña y expectativas moderadas, disfrutando como quien encuentra una moneda olvidada en el bolsillo del abrigo: sin exagerar, pero con un entusiasmo que no le debía nada a nadie.

Qué ironía, pensaba a veces: cuando no podía viajar, los viajes pasaban de largo sin mirarme; cuando por fin pude hacerlo, nadie más tenía tiempo, ni dinero, ni ganas. Así que aprendí a viajar sola, que es una forma muy digna —y sorprendentemente práctica— de no tener que esperar a nadie. Y cada escapada se convirtió en un pequeño acto de justicia poética, como si, por fin, la vida me devolviera algunas migajas de aquello que me negó durante años.

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