¡Felices Deudas!

Y así, sin previo aviso, la Navidad nos cae encima como una avalancha de purpurina tóxica y azúcar glas. No es una época del año: es una «performance» social obligatoria, que debe ejecutarse con precisión casi militar. El calendario insiste en que es invierno, pero mi billetera y mi alma están más acaloradas que un mes de agosto.

El infierno comienza, cómo no, con el ritual de la decoración. Hay que desempolvar esas cajas que juraste quemar el año pasado, llenas de luces que jamás funcionan al mismo tiempo y ese árbol —ese glorioso monumento de plástico chino— que pierde una rama en el peor momento posible. Te ves entonces pasando una hora de tu vida buscando la conexión correcta, preguntándote si realmente merece la pena tanto esfuerzo para una festividad basada en una mentira piadosa. Y eso si no te toca comprarlo por primera vez… porque los precios, señores, parecen justificar que venga con raíces y fotosíntesis incluida.

Luego llega la operación «Regalo Perfecto». De repente, tu valor como ser humano se mide por el precio y la calidad de un objeto. Te lanzas al  «Black Friday» eterno, donde la civilización colapsa en la sección de electrónica y los codos se afilan por el último ejemplar de algo que será olvidado antes de Reyes. «El verdadero espíritu de la Navidad es dar», te dicen, y esa palabra se ha convertido en el eufemismo moderno para endeudarse hasta las cejas comprando futuros trastos de la caja de «donaciones». Mientras tanto, los «influencers» venden su felicidad patrocinada y tú haces malabares para pagar el pavo. El contraste no inspira: escuece.

Y si creías que el martirio era solo económico, llega el evento principal: la Reunión Familiar Anual Obligatoria. Una comedia mal escrita, con conflictos sin resolver desde 1998, interpretada por gente que se evita el resto del año pero que ahora debe fingir felicidad extrema. Te sientas a una mesa interminable, bajo luces intermitentes, listo para el interrogatorio ritual: «¿y el trabajo?», «¿y la pareja?», «¿no te has puesto más gordito?». Las respuestas sarcásticas se quedan atascadas mientras sonríes y masticas ese turrón duro que tu abuela insiste en servir desde 2017… si sigues teniendo abuela. El silencio incómodo solo se rompe cuando alguien sirve vino con urgencia, como si el alcohol pudiera anestesiar la realidad.

Finalmente llegan las campanadas: el clímax de la hipocresía colectiva. Promesas que no se cumplirán, uvas ingeridas a contrarreloj, como si la buena suerte dependiera de la velocidad de deglución. Pero seamos honestos: la única suerte real es sobrevivir a enero y a las facturas. Así que, mientras el mundo se ahoga en villancicos edulcorados y en la promesa vacía de un «nuevo comienzo», yo brindo por la extraordinaria capacidad humana de tolerar esta farsa… y porque el próximo diciembre tarde un poco más en llegar.

Y cuando crees que todo ha terminado, cuando tu cuenta bancaria está en coma inducido y tu paciencia ha sido oficialmente extinguida, aparecen los Reyes Magos. Ese «spin-off» tardío de la Navidad que nadie pidió pero todos sufrimos. Porque no bastaba con un atracón consumista: hacía falta una secuela. De repente, hay que volver a comprar regalos «para los niños» —aunque los niños tengan ya treinta años— y mantener viva la ficción con una convicción digna de mejor causa. Finges sorpresa, finges ilusión y finges que no has sido tú quien ha financiado hasta el último detalle del milagro. Los zapatos se colocan con devoción impostada, el roscón se compra con la esperanza vana de que no esté seco, y alguien siempre acaba atragantándose con el haba o perdiendo una muela con la figurita del rey. 

La magia, curiosamente, nunca incluye un reintegro bancario.

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