«Frankenstein»: ¿quién es el verdadero monstruo?

La nueva película de «Frankenstein» llega como si el monstruo hubiera escapado otra vez del laboratorio, pero esta vez no huyera de aldeanos con antorchas, sino de ejecutivos de estudio desesperados por un «reboot» que huela a prestigio. Y lo logra… en el mismo sentido en que un cadáver reanimado «logra» parpadear: técnicamente sí, emocionalmente no tanto.

Me animé a ver la cinta por pura curiosidad. Confieso sin pudor que soy una admiradora acérrima de Guillermo del Toro desde que, hace casi dos décadas, nos estremeció con «El Laberinto del Fauno», esa mezcla suya tan inconfundible de fantasía y tragedia que se te mete al pecho sin pedir permiso. Aunque, siendo justa, mi devoción empezó incluso antes: fui de las primeras afortunadas que descubrieron «El Espinazo del Diablo» cuando mi tío la trajo del videoclub y la vimos juntos un fin de semana cualquiera. Aquel día entendí que el cine podía ser algo más que entretenimiento. Para mí, fue casi una revelación.

Y claro, con ese historial, ¿cómo no iba a adentrarme en esta novedad con una mezcla de ilusión y reserva? Del Toro tiene esa capacidad casi alquímica de convertir la monstruosidad en poesía, de abrir heridas con delicadeza, de contarte una tragedia como si fuera un cuento que quizás no deberías escuchar antes de dormir. Yo no buscaba otra obra maestra —desde «El Laberinto del Fauno» aprendí que esas no se buscan, te encuentran—, pero sí esperaba al menos sentir ese pellizco en el alma que solo él sabe provocar.

De acuerdo. Socialmente, «Frankenstein» trata de ser profunda, subrayando el eterno conflicto entre creador y criatura: ¿quién es el verdadero monstruo? ¿La sociedad rechaza lo que no entiende? ¿O, simplemente, no soportamos ver nuestros propios errores caminando por ahí sin maquillaje? Nada nuevo, pero la película lo lanza como si fuera una revelación que acabaran de desenterrar de la tumba, con la sutileza de un rayo cayendo sobre una torre gótica. No está nada mal para las nuevas generaciones, esas que jamás leerán a Mary Shelley.  

La verdadera novedad de la película está en cómo usa al monstruo como metáfora del individuo moderno: ensamblado con pedazos de expectativas ajenas, presionado por estándares imposibles y permanentemente observado por un mundo que exige autenticidad, pero solo si viene en un formato vendible. Vaya sorpresa: la criatura se rebela. No por furia, sino por agotamiento. Por hartazgo. Un «bournout» existencial con cicatrices visibles.

El Dr. Frankenstein —o la variación que toque— encarna aquí al progreso descontrolado, disfrazado de genio visionario que jura estar «haciendo ésto por humanidad», mientras la humanidad no le pidió nada y preferiría una siesta colectiva. Su arrogancia científica es tan visible que casi podríamos vender las entradas del cine solo para verla inflarse.

Y el tono oscuro está, aunque a veces parece más maquillaje que sustancia. La película insiste en lo tétrico, pero sin mancharse demasiado: terror esterilizado, laboratorio higienizado, un mundo gótico tan cuidadosamente producido que pierde el hedor a podredumbre moral que debería tener. Como si alguien hubiera limpiado la mesa de disección antes de filmar la decadencia humana. Ojo, porque sí hay escenas explícitas, pero no tan moralmente reprochables, que al final, es lo que busca la obra original. 

Digamos que «Frankenstein» vuelve a recordarnos que seguimos siendo la misma sociedad que teme a lo diferente, castiga lo que no encaja y luego se sorprende cuando «el monstruo» decide que ya tuvo suficiente. La película lo dice con cierta torpeza, pero lo dice. Y aunque su crítica social sea tan sutil como un brazo cosido al revés, tiene momentos en los que logra ese toque incómodo que debería acompañar a cualquier buena historia sobre creación y responsabilidad.

¿Es la mejor versión del mito? No. ¿Es un espejo oscuro donde vernos reflejados? Sí, pero como todos los espejos baratos: distorsiona un poco, exagera lo malo… y aun así, muestra suficiente verdad como para incomodar.

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