Reseña «La Cinta Amarilla: Crónica de un Objeto Obsoleto»

Siempre he sentido una debilidad casi inevitable por los cuentos navideños. Hay en ellos una calidez especial, una forma de envolver la realidad con un velo más amable, más luminoso. En sus páginas no existen las ausencias, o al menos no pesan tanto; siempre hay un final que reconforta, una esperanza que aguarda paciente. La Navidad, en ese universo, se transforma en refugio, en un punto de encuentro donde todo parece posible.

Quizá por eso me acerqué con tanto cuidado y cariño a «Elche: el Lugar donde Habitan los Recuerdos», de mi querida amiga Verónica. Intuía, antes incluso de empezar, que encontraría en sus relatos esa esencia tan suya: historias que, aunque nacen en las calles de Elche, trascienden cualquier geografía. Porque hablan de lo universal, de lo íntimo, de aquello que todos llevamos dentro... y era justo eso lo que necesitaba encontrar.

Hace un tiempo, Verónica me habló de Catherine Roberts —o, mejor dicho, de Carolina Iñesta— con ese entusiasmo sereno que solo despiertan las historias que dejan huella. Recuerdo cómo empezó a describirme «El Guardián de los Secretos» casi como quien comparte un tesoro: no con prisa, sino con la certeza de que estaba ante algo especial, algo que merecía ser descubierto con calma. Sus palabras no eran exageradas, sino sugerentes; no imponían, invitaban. Hablaba de la novela como de una pequeña obra de arte, de esas que no solo se leen, sino que se sienten y se quedan a vivir en algún rincón silencioso de la memoria. Y, sin darme cuenta, ya había despertado en mí esa curiosidad dulce, casi inevitable, que solo provocan los libros destinados a encontrarte.

Sin embargo, cuando por fin tenía «El Guardián de los Secretos» entre mis manos, sucedió algo inesperado, casi como si la propia historia quisiera desviarme suavemente del camino previsto. Apareció, con esa naturalidad que tienen los hallazgos destinados, «La Cinta Amarilla: Crónica de un Objeto Obsoleto», ganadora del I Certamen ANUESCA de cuento navideño. Y entonces me detuve: ¿qué maravilla era aquella? ¿De dónde había surgido esa delicadeza? Cada página parecía susurrar algo distinto, y sus ilustraciones… sus ilustraciones tenían una fuerza silenciosa, una belleza minuciosa que atrapaba sin hacer ruido, como si siempre hubieran estado ahí esperándome. 

Ni siquiera la aparente sencillez de leerlo en Kindle Unlimited lograba restarle encanto. Al contrario: la magia seguía intacta, latiendo en cada trazo, en cada palabra, desafiando cualquier formato. Porque lo que tenía ante mis ojos no era solo un libro, sino una experiencia, de esas que se deslizan despacio y se quedan contigo mucho después de haber pasado la última página.

La historia se despliega con una sensibilidad poco habitual, convirtiendo lo cotidiano en algo profundamente significativo. A través de un objeto aparentemente insignificante —una simple cinta—, la narración construye un viaje íntimo por la memoria, el paso del tiempo y aquello que dejamos atrás sin darnos cuenta. Y no es solo lo que cuenta, sino cómo lo cuenta: hay una cadencia pausada, casi contemplativa, que invita a detenerse en los detalles, a escuchar los silencios entre las palabras. La cinta se convierte en testigo, en hilo conductor de vidas, emociones y recuerdos que se entrelazan con una delicadeza extraordinaria en un contexto único: la ciudad de Elche. 

Lo más fascinante es, quizás, esa capacidad que tiene su autora de transformar lo obsoleto en imprescindible. Lo que podría parecer olvidado o relegado adquiere un nuevo sentido, cargado de nostalgia y belleza. Y ahí reside gran parte de su fuerza: en recordarnos que incluso lo más pequeño puede albergar historias inmensas y de gran valor... que lo más conmovedor puede ser lo más sutil. Y sí, lo consigue, hasta el punto de querer conservar una cinta amarilla en un cajón, sabiendo que en ella habita algo irrepetible.

No es un cuento navideño al uso, pero al cerrarlo, queda la sensación de haber asistido a algo igual de íntimo, casi confidencial. Como si la historia no solo hubiera sido leída, sino compartida en voz baja. Y entonces uno entiende que no se trata solo de una cinta, ni de su aparente obsolescencia, sino de todo aquello que nos empeñamos en conservar, aun cuando el tiempo insista en lo contrario.

Porque, en el fondo, esta obra no habla de lo que se pierde, sino de lo que permanece. Y lo hace con una belleza discreta, de esas que no necesitan alzar la voz para quedarse a vivir en la memoria.

Si crees que la necesitas en tu vida, hazte con ella aquí y dale todas las estrellas que se merece. 

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