Cierto es que no quería abusar demasiado de su paciencia. Llevaba semanas entregada a reconstruir la historia de sus antepasados, escarbando en nombres, fechas y recuerdos como quien desentierra pequeñas reliquias familiares. Me parecía un gesto profundamente hermoso, quizá porque yo apenas conozco las sombras de quienes vinieron antes de mí y ni siquiera sabría dónde empezar a buscarlas. Pero, eso sí, necesitaba una lectura.
—¿Te apetece seguir internándote en la senda del thriller policíaco? ¿Quieres experimentar esa clase de vértigo que obliga a pasar páginas sin tregua, como si la historia respirara en la nuca? —Verónica ya conocía mi respuesta. Bastaba con que yo asintiera, silenciosa, con esa expresión hambrienta de quien está a punto de entregarse por completo a una nueva obsesión.
Mi querida amiga acercó su tableta —considerablemente más grande que la mía— con ese cuidado ceremonioso que reserva para los libros y las historias. Siempre dice que necesita una pantalla amplia para descansar la vista y distinguir mejor las letras, aunque yo sospecho que la verdadera razón es otra: le encanta habitar las novelas a lo grande, como si cada página mereciera desplegarse ante ella con toda su amplitud. Luego recorre el texto con la yema del dedo, deteniéndose en los detalles más minúsculos, como quien acaricia las huellas invisibles que el autor dejó escondidas entre las líneas.
—Te dejo por aquí «El Caso Itziar Arregui», de una autora súper misteriosa: MCL. Cuídame bien el aparato, que luego lo necesitaré… —dijo Verónica mientras me tendía la tableta con una mezcla de confianza y resignación divertida, como quien sabe perfectamente que está a punto de perder algo durante unas cuantas horas.
Y así fue como terminó confiándome su posesión más preciada con una tranquilidad que me parecía casi temeraria, convencida de que se la devolvería a la tarde siguiente. Como si en un día pudiera existir algo más importante que leer cuando una historia logra clavarte los dientes en la curiosidad. Pero ella me conocía demasiado bien. Sabía que no conseguiría despegarme de aquella pantalla ni un instante; que recorrería la casa con la tableta entre las manos como quien protege una brasa viva, incapaz de abandonarla sobre ninguna mesa demasiado tiempo.
Y también sabía que volvería al día siguiente con los ojos cansados, el corazón aún acelerado y las palabras agolpándose en mi boca, deseosas de escapar para compartir cada sospecha, cada giro inesperado y cada sombra que la novela hubiese dejado latiendo dentro de mí. Porque así fue...
Fui totalmente incapaz de separarme de aquella novela tan bien construida, donde, por fin, no se insistía hasta el agotamiento en las vidas turbulentas de los investigadores, sino en el caso en sí: en sus grietas, en los silencios incómodos, en las pequeñas piezas dispersas que aguardaban pacientemente a encajar. Qué alivio encontrar un thriller que no necesitara detectives rotos hasta lo caricaturesco para sostener la tensión, porque la historia tenía la suficiente fuerza como para avanzar por sí sola, firme y afilada.
Cada capítulo parecía cerrar apenas una puerta para abrir inmediatamente otra aún más inquietante. Y yo seguía avanzando, incapaz de detenerme, convencida de que en la siguiente página aparecería al fin esa respuesta que el autor se empeñaba en apartar unos centímetros más allá de mi alcance. Había algo deliciosamente cruel en aquella manera de dosificar la información, de sembrar sospechas sobre varios de los personajes sin llegar a entregar nunca una certeza completa.
Además, la atmósfera estaba construida con una precisión casi quirúrgica. Podía sentir el peso húmedo de las calles, el cansancio acumulado en las salas de interrogatorio y esa tensión constante que flotaba sobre cada conversación, como si cualquier frase inocente pudiera esconder una amenaza o una confesión a medio borrar. Todo parecía cuidadosamente medido para que el lector permaneciera alerta, desconfiando incluso de sus propias conclusiones.
Me quedé con una necesidad feroz de más, especialmente después de ese giro final que llega silencioso, casi de puntillas, y termina desordenándolo todo dentro de la cabeza del lector. Y, contra todo pronóstico, también terminé deseando conocer más acerca de la relación entre los investigadores. Porque aunque la historia evita convertir sus vidas personales en el centro absoluto del relato, sí deja caer pequeñas chispas, silencios y miradas cargadas de significado que despiertan una curiosidad difícil de ignorar. Hay una química extraña entre ellos, una tensión nada contenida que no necesita ocupar grandes capítulos para sentirse viva.
Y entonces comprendí por qué Verónica me había tendido aquella tableta con esa media sonrisa de quien conoce perfectamente el efecto de una buena historia. No me había prestado solo una novela; me había entregado una de esas lecturas extrañas que consiguen devorarte el pensamiento durante horas, incluso cuando apartas la vista de la página.

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