Reseña «La Noche de San Juan»

Juro que intento alejarme de la biblioteca de Verónica, emanciparme de ese refugio tejido con sus lecturas infalibles. Pero siempre fracaso. Cuando creo haber tomado distancia, aparece —como si supiera el momento exacto— una llamada, un mensaje, una sugerencia que vuelve a atraparme. Y entonces recuerdo, casi con resignación dulce, que su intuición para elegir libros supera con creces la mía. Que hay algo en su manera de leer el mundo que yo aún no alcanzo. Y que, por más que lo intente, no puedo resistirme a esa promesa silenciosa: la de llenar mis horas vacías con historias que ella ya ha sabido encontrar antes que yo.

—No puedes imaginarte el libro que acabo de terminar —dijo al otro lado del teléfono, y no hacía falta verla para intuir el brillo encendido en sus ojos—. Hay algo en la novela policíaca que me atrapa sin remedio… esos protagonistas arrastrando sombras, mentes que chisporrotean en la oscuridad para resolver lo que a otros les resulta indescifrable —continuó, dejándose llevar—. Y esta vez… esta vez he dado con uno de esos libros —hizo una breve pausa, como si saboreara el hallazgo antes de entregarlo—. Te va a robar las horas sin que te des cuenta. Lo empezarás casi por curiosidad y, cuando quieras reaccionar, ya lo habrás devorado. Y entonces… querrás más. Mucho más del inspector Gabriel Somoza.

No necesité asomarme a la sinopsis. Conocía demasiado bien el pulso de Verónica como para dudar: «La Noche de San Juan», de Adolfo Rodríguez Gómez, traía consigo esa certeza silenciosa de los aciertos inevitables. Durante años había buscado refugio en la aspereza de los paisajes nórdicos, en su frío metódico, convencido de que solo allí podían nacer tramas verdaderamente sólidas. Pero algo estaba cambiando... quizá no era el lugar, sino la mirada. Porque ahora intuía —casi con sorpresa— que la luz tibia del Mediterráneo también podía esconder grietas, que bajo su calma aparente latía una tensión distinta, igual de fértil. Que España, con su calor y sus sombras más sutiles, era capaz de despertar esa misma inquietud en lectores que, como yo, habían permanecido durante tanto tiempo cerrados a otras posibilidades.

—Intenta perderte en los paisajes de la Coveta Fumá cuando la noche ya lo haya cubierto todo y el silencio empiece a respirarte cerca —me susurró—. Entonces lo verás distinto… lo sentirás de otra manera.

Y así lo hice. Elegí, casi con ceremonia, la quietud densa de la madrugada de un fin de semana cualquiera. A esa hora en la que el mundo parece replegarse sobre sí mismo y todo adquiere un matiz más nítido, más íntimo. Me dejé llevar… pero no del todo. Porque no pude resistirme a la tentación de escribirle, de compartir con ella mis conjeturas aún temblorosas, mis teorías a medio construir. Buscaba, quizá, una grieta, un desliz, un indicio que confirmara mis sospechas. Pero sabía —y aun así insistía— que no me concedería ese gesto... que guardaría el secreto con la misma firmeza con la que me había entregado la historia.

Y durante tres madrugadas me sentí como el inspector Gabriel Somoza, en medio de un pulso contenido, entre lo que intuía y lo que la novela se negaba a revelar. Ahí comprendí la fuerza de la historia; «La Noche de San Juan» no se limita a desplegar un enigma: lo dosifica, lo tensa, lo deja respirar hasta que casi duele. El protagonista no es solo una mente brillante enfrentándose a lo inexplicable; es, sobre todo, un hombre atravesado por sus propias sombras. Y esa dualidad —la del investigador que observa y la del ser humano que arrastra— es la que sostiene cada página con una intensidad difícil de esquivar. 

Además, hay algo profundamente envolvente en la manera en que la trama se enraíza en sus escenarios. La Coveta Fumá no es solo un telón de fondo: es un susurro constante, una presencia que parece observarlo todo, que guarda secretos entre sus calles y su silencio nocturno. Allí, donde el mar debería traer calma, emerge una inquietud persistente, casi magnética.

Y sin darme cuenta, tal como Verónica había anticipado, fui cayendo en ese ritmo voraz. Página tras página, hipótesis tras hipótesis, hasta llegar a un desenlace que no solo responde, sino que deja una huella. De esas que no se disipan al cerrar el libro, sino que permanecen, latentes, mucho después. 

El giro de guion no me lo vi venir, no. Y quizá por eso, al terminarlo, no sentí que hubiera concluido una lectura, sino que había abierto una puerta. Y al otro lado, como una promesa inevitable, seguía esperando Gabriel Somoza, con próximas entregas que voy a necesitar devorar. 

Definitivamente, merecido finalista del premio literario Amazon Storyteller 2025. Puedes encontrar el libro en este enlace.

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