Entre ellos está la llamada «cultura del misterio», una expresión que ella pronuncia con entusiasmo y que yo escuché durante años con la misma curiosidad que uno reserva para las costumbres de una tribu remota. Debo admitir que jamás me habían atraído especialmente los ovnis, las psicofonías, las conspiraciones o cualquier otro habitante de ese territorio situado entre la fascinación y la credulidad. Y después de asomarme a algunos de sus rincones, empiezo a pensar que quizá he tenido suerte.
Porque uno se acerca esperando encontrar enigmas sin resolver, preguntas incómodas o historias capaces de ampliar los límites de la imaginación. Lo que no espera encontrar es una fauna tan abundante de egos desbocados, profetas autoproclamados y guardianes de verdades exclusivas que convierten cualquier debate sobre fenómenos extraños en una tragicomedia profundamente humana. Al final, el misterio más desconcertante no parece esconderse en las sombras. Está a plena vista... tan a la vista que no me ha costado reconocer algunos con los que Verónica se ha cruzado en cuanto me ha hablado de ellos.
Y hay algo profundamente irónico en ello. Un ámbito que debería estar construido sobre la duda y la curiosidad acaba generando, en ocasiones, individuos tan convencidos de su propia importancia que terminan eclipsando aquello que dicen investigar. El proceso suele ser gradual. Al principio hay preguntas, lecturas y ganas de aprender. Después llega el reconocimiento, la audiencia y la necesidad de destacar. Y, sin que nadie sepa exactamente cuándo ocurrió, el misterio deja de ser el protagonista para ceder su lugar al personaje.
A partir de ahí aparecen figuras familiares para cualquiera que haya frecuentado estos círculos: el investigador incapaz de admitir un error, el poseedor de secretos que nunca pueden revelarse del todo, el experto universal que opina con idéntica seguridad sobre arqueología, física cuántica o inteligencia militar. Cuanto más difusas son las pruebas, más firme suele ser la convicción. La duda se interpreta como debilidad y la discrepancia como un ataque personal.
Quizá por eso tantos debates sobre lo inexplicado terminan pareciéndose menos a una búsqueda de respuestas y más a una lucha por el prestigio. En teoría se habla de fenómenos anómalos, civilizaciones perdidas o visitantes de otros mundos. En la práctica, a menudo se discute quién merece ocupar el trono imaginario del experto definitivo.
Y sin embargo, el verdadero misterio sigue siendo otro. ¿Cómo un entorno dedicado a explorar lo desconocido puede producir tantas certezas inquebrantables? Tal vez porque reconocer un simple «no lo sé» exige algo que algunos nunca consiguen encontrar, por mucho que busquen entre expedientes clasificados, archivos secretos o leyendas ancestrales: la capacidad de separar la búsqueda de la verdad de la necesidad de alimentar el propio personaje.
Porque la entidad más poderosa del mundo del misterio no habita casas encantadas, no viaja en naves extraterrestres ni se manifiesta en psicofonías. Se llama ego y, como decían en «Expediente X», está ahí fuera.

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