Graduaciones: el gran festival de la autocomplacencia

Hay algo extraordinariamente ridículo en las graduaciones modernas. No en la idea de celebrar un logro, que es perfectamente razonable, sino en la transformación de cualquier final de curso en una mezcla entre gala de premios, desfile de moda y sesión fotográfica para redes sociales. Hubo un tiempo en que uno se graduaba al terminar una etapa realmente significativa. Hoy parece que basta con haber sobrevivido nueve meses sin perder la mochila para merecer toga, diploma, «photocall» y vídeo con música inspiradora.

Lo más llamativo ni siquiera es la ceremonia en sí, sino la fauna que la rodea. Las graduaciones han dejado de ser un acto académico para convertirse en una auténtica pasarela. Hay jóvenes que llegan vestidos como si estuvieran a punto de recibir un premio internacional, y familias enteras que afrontan el evento con la intensidad logística de una boda real. Durante semanas se habla del vestido, del traje, de los zapatos, del peinado, del maquillaje y de las fotografías. El hecho de haber estudiado parece un detalle secundario dentro de una producción cuyo objetivo principal es salir favorecido en las imágenes.

Resulta difícil no sonreír al contemplar ciertas escenas. Chicos de dieciséis años avanzando por el escenario con una solemnidad reservada antiguamente a jefes de Estado. Padres peleando discretamente por encontrar el mejor ángulo para grabar un vídeo que nadie volverá a ver completo. Madres ajustando una americana o un mechón rebelde segundos antes de la foto oficial, como si estuvieran preparando la portada de una revista de moda. Todo ello para celebrar algo que, en la mayoría de los casos, consiste simplemente en haber terminado el curso que tocaba terminar.

Y luego están los discursos. ¡Ay, los discursos! Escuchándolos, uno pensaría que los graduados han regresado victoriosos de una campaña militar o de una expedición al Polo Sur. Se habla de esfuerzo, de resiliencia, de sueños conquistados y de metas alcanzadas con una grandilocuencia que haría sonrojar a los guionistas de algunas películas motivacionales. Nadie parece dispuesto a admitir la posibilidad de que muchos de los presentes hayan dedicado más tiempo a TikTok que a reflexionar sobre el sentido de la existencia.

Pero quizá la mejor prueba de que las graduaciones ya no giran alrededor de la educación sea que el momento más importante no es la entrega del diploma. Es la foto. Siempre la foto. La ceremonia existe para justificar el álbum posterior. Los discursos son el relleno entre una sesión de fotografías y la siguiente. Lo verdaderamente trascendente es conseguir una imagen impecable para demostrar al mundo que se ha vivido una experiencia memorable. Da igual que la mitad de los asistentes contemplen el acto a través de la pantalla de su móvil; lo importante es que quede constancia digital de la emoción.

En el fondo, las graduaciones contemporáneas son el reflejo perfecto de una época obsesionada con convertir cada instante en espectáculo. Ya no basta con crecer, aprender o avanzar. Hay que hacerlo bajo focos, con música épica y un fotógrafo preparado para inmortalizar el momento. Porque parece que, si una experiencia no puede convertirse en contenido para redes sociales, corre el riesgo de no haber ocurrido del todo.

Y así seguimos, repartiendo diplomas como quien reparte premios honoríficos, organizando ceremonias cada vez más sofisticadas para alumnos cada vez más jóvenes y confundiendo la importancia de una etapa con el presupuesto destinado a celebrarla. Todo muy emocionante, muy elegante y muy fotogénico. Casi tanto como una pasarela. Solo que, en este caso, el desfile termina con birrete... y con unas doscientas fotos que, dentro de unos años, probablemente nadie volverá a mirar.

Todavía recuerdo la ropa sencilla que llevé a mi graduación del instituto, o aquel traje de falda y chaqueta rescatado del armario, el mismo que había acompañado más de una boda, para mis graduaciones universitarias. Nadie hablaba de estilismos, de sesiones fotográficas ni de tendencias; el protagonismo lo tenía el momento, no el envoltorio. Quizá por eso, cuando miro las graduaciones de hoy, no puedo evitar pensar que los tiempos no solo han cambiado: han cambiado de escenario. Y lo que antes era una despedida, ahora se parece cada vez más a un desfile.

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