Bodas Modernas: Manual de Supervivencia

Hubo un tiempo en el que una boda consistía en dos personas que decidían compartir su vida, una comida abundante, un tío que bailaba demasiado y una abuela que preguntaba cuándo se terminaba aquello. Era sencillo, accesible... incluso entrañable. Eran bodas para todos los bolsillos.

Hoy no. Hoy una boda es una producción audiovisual con presupuesto de superproducción, un retiro espiritual, una pasarela de moda y un congreso internacional de decoración floral. Casarse ya no parece el objetivo; lo importante es generar contenido, que se hable de ti por el resto de la vida, aunque ya te hayas divorciado.

Todo empieza con el «Save the Date», porque una invitación tradicional sería demasiado poco cinematográfica. Después llegan las preboda, las postboda, las sesiones de fotos al amanecer, al atardecer y, si fuera posible, durante un eclipse solar. Al final, la pareja acumula más horas delante de una cámara que muchos actores profesionales.

Y luego está el «dress code». Antes bastaba con ir elegante. Ahora recibes un documento de varias páginas donde se especifica que el lino beige está permitido, pero el crema vainilla rompe la armonía cromática del evento. El azul marino solo si tiene matices oceánicos. El negro, prohibido. El rojo, demasiado protagonista. El verde oliva... depende de la fase lunar.

La boda dura tres días porque una sola jornada ya no justifica el precio del alojamiento. Hay fiesta de bienvenida, brunch de despedida y actividades intermedias para fortalecer vínculos entre personas que probablemente no volverán a verse jamás. Al terminar, algunos invitados sienten que han completado una expedición al Himalaya.

Y qué decir del banquete. Los platos ya no se sirven; se presentan. Cada elaboración llega acompañada de una explicación que requiere más tiempo que comerla. El camarero describe el origen emocional de un brote de rúcula mientras tú solo intentas averiguar si eso que tienes delante es el entrante o un elemento decorativo.

La barra libre merece un capítulo aparte. Tras haber contribuido generosamente al regalo de boda, el invitado descubre que el «gintonic premium» tiene suplemento, el whisky bueno también y el hielo es, probablemente, agua filtrada por monjes tibetanos.

Además, cada rincón está diseñado para ser fotografiado. Hay un photocall, un rincón con neones, un columpio entre flores, una mesa de bienvenida digna de un museo y hasta un espejo con frases motivacionales para Instagram. Si un evento no genera suficientes historias, ¿ha ocurrido realmente?

Mientras tanto, los novios apenas tienen tiempo para hablar entre ellos. Van de sesión en sesión, de saludo en saludo y de vídeo en vídeo, persiguiendo la toma perfecta que demostraría al mundo lo espontáneo que fue todo.

Lo más curioso es que todos acabamos aceptando esta escalada de extravagancia como si fuera completamente normal. Nadie cuestiona que asistir a una boda implique reservar vacaciones, contratar un hotel, comprarse ropa nueva, preparar un discurso, aprender una coreografía sorpresa y responder a un formulario sobre intolerancias alimentarias con la precisión de una historia clínica. Y sí: aun así, seguimos diciendo aquello de: «será una boda sencilla». ¡Ja! Una frase que hoy tiene el mismo nivel de credibilidad que un anuncio de una aerolínea prometiendo que el equipaje de mano entra sin problemas.

Y, por supuesto, no se te ocurra olvidar la propina. Da igual si la entregas en un sobre perfectamente lacrado o mediante una elegante transferencia bancaria: lo importante es que sea generosa. Porque, de lo contrario, prepárate para escuchar durante años que «ni siquiera cubriste el cubierto». Tus oídos acabarán pitando tanto que parecerá que has despegado rumbo a la Luna... un viaje que, por lo visto, también debía ir incluido en tu regalo.

Quizá algún día vuelva a ponerse de moda lo verdaderamente revolucionario: una boda donde la gente vaya a celebrar un matrimonio en lugar de participar involuntariamente en un documental de lujo para redes sociales. Hasta entonces, seguiremos entrenando la sonrisa para las fotos, memorizando códigos de vestimenta imposibles y preguntándonos si realmente hemos sido invitados a una boda... o al estreno mundial de la vida perfecta.

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