La bandera de España tiene contrato temporal: solo trabaja durante el Mundial

Hay fenómenos sociales que la ciencia todavía no ha conseguido explicar. Sabemos cómo fotografiar un agujero negro, somos capaces de enviar sondas a miles de millones de kilómetros de la Tierra y hasta una inteligencia artificial puede discutir contigo sobre la alineación que debería sacar Luis de la Fuente. Pero seguimos sin entender el misterioso ciclo migratorio de la bandera de España. Desaparece durante meses, permanece escondida como un animal nocturno y, de repente, cuando rueda el balón en un Mundial o una Eurocopa, emerge con una puntualidad suiza. Aparece en balcones, coches, terrazas, camisetas, gorras, bufandas y hasta en las mejillas de personas que hace tres semanas habrían cruzado de acera si hubieran visto exactamente esa misma bandera colgada en una ventana.

Lo fascinante no es que la gente saque la bandera para animar a la Selección. Eso tiene todo el sentido del mundo. Lo verdaderamente extraordinario es la suspensión colectiva de las normas no escritas que parecen regir el resto del año. Durante un mes, el símbolo deja de ser sospechoso. Se produce una especie de amnistía emocional. Nadie hace preguntas. Nadie mira raro al vecino por llevar una pulsera. Nadie abre debates filosóficos sobre el significado profundo de un trozo de tela con tres franjas de colores. Es fútbol. España juega contra Italia, Alemania o Argentina y, de repente, todos entendemos que la bandera significa exactamente lo que parece: «quiero que los míos ganen». Una interpretación sorprendentemente sencilla para una sociedad que suele tener la habilidad de convertir cualquier objeto cotidiano en una tesis doctoral sobre identidad colectiva.

El fútbol tiene esa capacidad casi milagrosa de simplificar las cosas. Cuando Lamine Yamal encara al lateral, cuando Pedri rompe líneas con un pase imposible o cuando Unai Simón saca una mano que desafía las leyes de la física, nadie pide una declaración ideológica antes de celebrar el gol. En el minuto 89, con empate en el marcador y un córner a favor, el país entero comparte exactamente la misma preocupación: que alguien remate ese balón. En ese instante desaparecen las etiquetas. No importa de qué ciudad vienes, a quién votas, si eres del Madrid, del Barça, del Athletic o del Albacete. Lo único importante es que el balón entre. Resulta curioso que el deporte que más discusiones genera durante el año sea precisamente el que consigue que millones de personas piensen exactamente lo mismo durante noventa minutos.

Y entonces termina el campeonato. El árbitro pita el final, la Copa vuelve a su vitrina, desmontan los escenarios de la «fan zone» y la bandera inicia su operación retirada. Hay que guardarla rápido, no vaya a ser que alguien piense que sigue significando lo mismo que significaba hace un mes. La tela es idéntica... los colores no han cambiado. Incluso el balcón sigue siendo el mismo. Pero parece que el calendario modifica las propiedades químicas del tejido. Lo que durante el Mundial era una muestra espontánea de apoyo deportivo recupera de golpe una carga simbólica que había permanecido misteriosamente hibernando mientras sonaba el himno antes del partido.

Es una de esas contradicciones que aceptamos con una naturalidad admirable. El mismo coche que hace una semana llevaba dos banderas ondeando orgullosas camino del bar para ver los cuartos de final, hoy las ha hecho desaparecer con la rapidez con la que un entrenador cambia de sistema después de perder tres partidos seguidos. No porque el conductor haya dejado de alegrarse de ser español de un domingo para otro, sino porque sabe que el contexto ha cambiado. O, mejor dicho, sabe que la interpretación ajena ha cambiado. Es como si el patriotismo deportivo tuviera un permiso especial expedido por la FIFA con fecha de caducidad. Mientras haya un Mundial, todo correcto. Una vez eliminado el último rival, devuelvan el símbolo a su caja hasta nuevo aviso.

Quizá el fútbol nos esté enseñando algo que preferimos ignorar el resto del año. Que un símbolo puede tener significados distintos según quién lo utilice y para qué. Que una bandera en un estadio llena de aficionados no necesita un manual de instrucciones para ser entendida. Que animar a la Selección no convierte automáticamente a nadie en portavoz de ninguna causa política. Y, sobre todo, que si durante cuatro semanas somos perfectamente capaces de convivir con miles de banderas sin entrar en combustión social, tal vez el problema nunca haya sido la bandera. Tal vez el problema haya sido nuestra extraordinaria capacidad para jugar el partido de la sospecha permanente incluso cuando no hay balón sobre el césped.

Porque, al final, España gana un Mundial y todos salen a la calle con la bandera al cuello como si acabaran de levantar la Copa junto a los jugadores. Dos semanas después, algunos vuelven a mirar esa misma bandera con la prevención con la que un defensa observa a Vinícius arrancando en carrera. Y esa sí que es una remontada difícil de explicar.

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