¡Qué cosas tiene España!
Cuando la selección gana un Mundial, Ceuta es España. Españolisísima. Más española que el himno, la bandera y el sofá lleno de gente gritando al árbitro. Se llenan las calles, aparecen las camisetas rojas y todos formamos parte de esa gran familia nacional que, durante noventa minutos, parece no tener fronteras ni diferencias.
Cuando la selección gana un Mundial, Ceuta es España. Españolisísima. Más española que el himno, la bandera y el sofá lleno de gente gritando al árbitro. Se llenan las calles, aparecen las camisetas rojas y todos formamos parte de esa gran familia nacional que, durante noventa minutos, parece no tener fronteras ni diferencias.
Ahí no hay dudas. Ceuta es España. ¡Y punto!
Pero curiosamente, cuando termina el Mundial y toca hablar de cosas menos emocionantes —como oportunidades, inversiones, comunicaciones, empleo o problemas estructurales—, la cosa empieza a complicarse. Entonces, Ceuta parece estar bastante más lejos. Se convierte en una especie de territorio que aparece en el mapa cuando interesa, desaparece de las prioridades cuando hay que repartir esfuerzos y vuelve a materializarse milagrosamente cuando alguien necesita pronunciar un discurso sobre la soberanía y la integridad territorial. ¡Qué maravilla de patriotismo selectivo!
Durante el Mundial todos somos españoles. Sin matices. Podemos celebrar los goles, sufrir los penaltis y sacar la bandera al balcón sin que nadie se pregunte si estamos suficientemente cerca de Madrid o si nuestras circunstancias merecen una atención especial. Pero cuando toca exigir que esa «españolidad» se traduzca en hechos, empiezan los silencios, las excusas, las competencias, los estudios y, por supuesto, los maravillosos planes de futuro. Porque en este país siempre hay un plan para el futuro.
El problema es que, mientras llega, la gente tiene que seguir viviendo en el presente... y Ceuta sigue aquí también cuando no juega la selección. También cuando no hay una crisis que abra los informativos. También cuando no toca hacer discursos patrióticos. Porque ser español no debería consistir únicamente en celebrar juntos cuando hay un Mundial. Ser español debería notarse cuando se apagan las cámaras, se guarda la copa y toca hacer ese trabajo mucho menos vistoso que no da titulares ni fotografías emocionantes.
Una bandera no crea oportunidades. Tampoco un himno no arregla problemas. Y repetir mil veces que Ceuta es España sirve de bastante poco si esa afirmación solo adquiere fuerza cuando hay que celebrar una victoria deportiva o defender una posición política.
Ceuta no necesita que le recuerden cada cuatro años que forma parte de España porque once jugadores han ganado un partido, eso ya lo sabemos. Lo que quizá nos gustaría comprobar es que alguien se acuerda de ello los otros mil cuatrocientos y pico días. Porque nosotros estaremos aquí para celebrar el próximo Mundial, claro que sí. Volveremos a sacar las banderas, a gritar los goles y a sentirnos parte de esa alegría colectiva. Y entonces volveremos a escuchar que todos somos uno.
Qué bonito sería que se acordaran de eso también cuando no hay partido. Porque para celebrar somos todos españoles. Para lo demás, parece que todavía hay que preguntar en qué división jugamos.
Pero curiosamente, cuando termina el Mundial y toca hablar de cosas menos emocionantes —como oportunidades, inversiones, comunicaciones, empleo o problemas estructurales—, la cosa empieza a complicarse. Entonces, Ceuta parece estar bastante más lejos. Se convierte en una especie de territorio que aparece en el mapa cuando interesa, desaparece de las prioridades cuando hay que repartir esfuerzos y vuelve a materializarse milagrosamente cuando alguien necesita pronunciar un discurso sobre la soberanía y la integridad territorial. ¡Qué maravilla de patriotismo selectivo!
Durante el Mundial todos somos españoles. Sin matices. Podemos celebrar los goles, sufrir los penaltis y sacar la bandera al balcón sin que nadie se pregunte si estamos suficientemente cerca de Madrid o si nuestras circunstancias merecen una atención especial. Pero cuando toca exigir que esa «españolidad» se traduzca en hechos, empiezan los silencios, las excusas, las competencias, los estudios y, por supuesto, los maravillosos planes de futuro. Porque en este país siempre hay un plan para el futuro.
El problema es que, mientras llega, la gente tiene que seguir viviendo en el presente... y Ceuta sigue aquí también cuando no juega la selección. También cuando no hay una crisis que abra los informativos. También cuando no toca hacer discursos patrióticos. Porque ser español no debería consistir únicamente en celebrar juntos cuando hay un Mundial. Ser español debería notarse cuando se apagan las cámaras, se guarda la copa y toca hacer ese trabajo mucho menos vistoso que no da titulares ni fotografías emocionantes.
Una bandera no crea oportunidades. Tampoco un himno no arregla problemas. Y repetir mil veces que Ceuta es España sirve de bastante poco si esa afirmación solo adquiere fuerza cuando hay que celebrar una victoria deportiva o defender una posición política.
Ceuta no necesita que le recuerden cada cuatro años que forma parte de España porque once jugadores han ganado un partido, eso ya lo sabemos. Lo que quizá nos gustaría comprobar es que alguien se acuerda de ello los otros mil cuatrocientos y pico días. Porque nosotros estaremos aquí para celebrar el próximo Mundial, claro que sí. Volveremos a sacar las banderas, a gritar los goles y a sentirnos parte de esa alegría colectiva. Y entonces volveremos a escuchar que todos somos uno.
Qué bonito sería que se acordaran de eso también cuando no hay partido. Porque para celebrar somos todos españoles. Para lo demás, parece que todavía hay que preguntar en qué división jugamos.

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